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-Revista de Estudios Sociales-Revista No 07|Conflicto, paz e intervención internacional
       
 

 

ISSN (versión en línea):1900-5180
 

res@uniandes.edu.co

 
 
   
Para citar este artículo Revista No 07
Título:Conflicto, paz e intervención internacional
Autor:Alfredo Molano [*]
Tema: Colombianos en la diáspora ( I )
Septiembre de 2000
Página 26-34
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Conflicto, paz e intervención internacional

Alfredo Molano [*]

Dossier


RESUMEN

Nuestro conflicto armado nunca ha estado desvinculado del contexto internacional, bien como presencia activa de terceros, o bien como pretexto y expediente para legitimar a una de las partes y desligitimar a la otra.

PALABRAS CLAVE

Violencia, Colombia, Conflicto armado, Condiciones sociales, Política social

Nuestro conflicto armado nunca ha estado desvinculado del contexto internacional, bien como presencia activa de terceros, o bien como pretexto y expediente para legitimar a una de las partes y deslegitimar a la otra. Más aún, parece una tradición de nuestras guerras. La que llamamos con infundado orgullo la guerra de independencia de España, bien vista fue una guerra civil entre la Corona y españoles criollos respaldados por los ingleses e inspirados en banderas francesas. Baste recordar la activa participación de la Legión Británica, los leoninos préstamos a la Gran Colombia y la influencia de los recién proclamados Derechos del hombre en el ideario de los patriotas.

Durante todo el siglo XIX la injerencia extranjera fue clara y estuvo apuntalando y de cierta manera alimentando, nuestros conflictos. El caso más patético fue el de la Guerra de los Mil Días. Las fuerzas liberales contaron siempre con el apoyo de nuestros más cercanos vecinos, y las conservadoras, atrincheradas en el gobierno, con la decisiva intervención norteamericana. La compra de armas en el extranjero para los dos bandos fue siempre permitida, tanto por Estados Unidos como por Inglaterra; Venezuela le sirvió a Uribe Uribe como retaguardia estratégica, y Ecuador y El Salvador jugaron un papel similar con el ejército de Benjamín Herrera. Por último, el gobierno de Marroquín aceptó las condiciones impuestas por EE.UU.. para la construcción del Canal de Panamá a cambio del bloqueo a las fuerzas liberales victoriosas en el istmo.

En los años veinte, un agente de la Tercera Internacional -el señor Zawadsky- contribuyó a la organización del Partido Comunista y en los años cuarenta un agente de Franco -Gines de Alvarado-jugó el mismo papel con las fuerzas de choque del Partido Conservador. Durante los años treinta y cuarenta, los procesos políticos que sucedían en España -Segunda República y Guerra Civil- inspiraron tanto a liberales socialistas como a conservadores. El Partido Conservador tomó como modelos al nazismo alemán y al fascismo italiano para organizar el chulavitismo y estructuró la policía nacional a imagen y semejanza de la tenebrosa Guardia Civil Española. La organización de fuerzas paramilitares data de esta época y, sin duda, estas organizaciones criminales han sostenido viva la violencia durante 50 años y hoy, a nuestros ojos, están al borde de que les sea reconocida su carta de ciudadanía.

Los liberales no pueden lavarse las manos. Las guerrillas del llano contaron siempre con el apoyo de Venezuela y hoy -muerto ya el capitán Bernardo Giraldo, a quien prometí guardar el secreto hasta después de su muerte-puede contarse que existió la tentación de cambiar la región del Arauca por armas para la revolución liberal. Los conservadores apelaron a un procedimiento idéntico al cambiar la entrega de Eliseo Velásquez por Los Monjes, como se ha rumorado. La participación extranjera fue una constante durante la Guerra Fría y contribuyó, de una manera decisiva, a fomentar el conflicto doméstico. La Unión Soviética, a pesar de su utilitarista ambigüedad, metió la mano a través del Partido Comunista. Yo no diría que con recursos militares o logísticos, pero sí creo que con apoyo político e ideológico. Que esto fue así lo prueba, entre otras cosas, el distanciamiento crítico -en ocasiones abierto- de la política internacional de la Revolución Cubana de los años setenta, del papel de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS, en América Latina. Cuba defendía la internacionalización de las guerras de liberación y ayudó con hombres, armas y entrenamiento a los movimientos rebeldes del llamado Tercer Mundo. En Colombia, la contribución de Cuba a la formación y traumático desarrollo del Ejército de Liberación Nacional, ELN, cae fuera de toda duda. No digo que este grupo armado fue hijo de la Revolución Cubana y me atrevería a decir, por el contrario, que su participación fue contradictoria y contraproducente. Hoy es claro que tan pronto ese cordón umbilical se cortó, el ELN conoció un renacimiento evidente. No fue la Manessman la responsable de este hecho, fueron más bien la derrota de Anorí y el rompimiento de los lazos con Cuba. Habrá que recordar aquí también la sinuosa solidaridad de China -particularmente durante la tormentosa Revolución Cultural- con los movimientos de América Latina y especialmente con el Ejército Popular de Liberación, EPL. Tengo la sensación de que con mucho más utilitarismo que los cubanos. El esquema de participación era el mismo, aunque estaba más dirigido por el conflicto con la URSS que interesado en el conflicto entre nuestros campesinos y los latifundistas.

Con mucho que se exageren los vínculos de Cuba con el ELN, o de China con el EPL, o de la URSS con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC, nada hay comparable con la participación de Estados Unidos en nuestro problema. La Guerra Fría fue una estrategia no tanto de defensa como de vasallaje político, y tuvo como palanca privilegiada la subordinación incondicional de nuestras Fuerzas Militares. El papel de la Junta Interamericana de Defensa fue decisivo en la organización del Ejército Nacional como una fuerza de ocupación dirigida a derrotar al "enemigo interior". Para justificar el esquema se formularon la Doctrina de la Seguridad Nacional y la tesis de los Conflictos de Baja Intensidad. Fue una armadura de hierro a la sombra de la cual se formó una fuerza pública cuyos rígidos marcos de actuación fueron trazados siempre por el Pentágono. De alguna manera nuestro Ejército se convirtió en una fuerza colonial manejada por nativos contra rebeldes, y sus procedimientos militares estuvieron siempre dirigidos a sembrar, como toda fuerza colonial, el terror entre la población civil, buscando romper los posibles lazos de solidaridad y cooperación entre la población civil y la fuerza insurgente. No sólo se unificaron las fuerzas latinoamericanas y se uniformaron los esquemas de mando y jerarquía, sino que esta reorganización fue acompañada por la venta de armas, equipos, uniformes y demás elementos que comprometieron nuestras fuerzas armadas en una guerra harto ajena como la Guerra Fría, y prepararon el camino para transformar nuestro conflicto interno en una guerra caliente y generalizada como la que hoy tenemos ad portas.

La historia se remonta al vergonzoso envío de tropas colombianas a la guerra de Corea, que hizo el gobierno conservador. Un conflicto en el cual nosotros nada teníamos que ver, pero que Laureano Gómez utilizó para lavar su pasado abiertamente fascista y sus comprometedoras declaraciones de apoyo al Eje durante la Segunda Guerra Mundial. Esta lavada de manos costó muchas vidas colombianas y sobre ellas se edificó la subordinación de nuestro ejército.

Subordinación que se puso a prueba en la guerra de Villarrica. Una historia larga, que trataré de hacer corta. Los EE.UU. apoyaron, para decir lo menos, el golpe de Estado de Rojas, y el general logró desarmar a las guerrillas liberales, devolviéndole al partido, garantías políticas.

El precio del café repuntaba y el futuro pareció despejado. Hubo un sector que puso a prueba las promesas de Rojas y se levantó un día de junio del 54. El Ejército mató varios estudiantes y el gobierno, ni corto ni perezoso, resolvió culpar al comunismo internacional, declaró fuera de la ley al Partido Comunista y envió tropas a reprimir al movimiento agrarista que desde los años treinta luchaba por una más equilibrada distribución de la tierra en el Sumapaz y en el oriente del Tolima. Fue una guerra cruenta y cobarde. Los EE.UU. jugaron un destacado papel al dirigir las operaciones aéreas y el bombardeo a las posiciones campesinas. Se ensayó aquí por primera vez la bomba de napalm y los nuevos esquemas de colaboración en la tarea contrainsurgente del ejército americano. El resultado neto fue la reorganización en guerrillas móviles, de los campesinos y el repliegue de sus fuerzas y de sus familias hada zonas selváticas. De Villarrica y del Sumapaz salieron huyendo, protegidos por precarias fuerzas guerrilleras, cientos de familias hacia el pie de monte de la cordillera oriental, hacia las cabeceras de los ríos Guayabero y Caguán, hacia los páramos del nevado del Huila. Fue una marcha que hace recordar la Huida de Caracas el año 16, cuando el general Morillo se acercaba a Caracas.

De estos desplazamientos nacen tentativas de reorganización social y de autonomía administrativa que los campesinos trataron de crear en las regiones donde se refugiaron. El gobierno leyó en ese ensayo ingenuo pero altivo, la formación de Repúblicas independientes. En el fondo, el intento de los rebeldes se reducía a fortalecer localmente economías campesinas en áreas baldías, pero con independencia de los partidos políticos. Esto fue, sin duda, lo que desató de nuevo las furias del sistema y la declaración de una nueva guerra contra las organizaciones campesinas, con la estrecha colaboración de los EE.UU.., a cuyo cargo estuvo la formulación del plan operativo de invasión y aniquilamiento de las fuerzas campesinas, llamado Plan Lasso.

Naturalmente, las invasiones se llevaron a cabo y el Ejército Nacional pudo dar parte de victoria. Pero el resultado neto fue de nuevo la reorganización campesina, esta vez bajo la forma de un ejército de gran movilidad que se asentó en las regiones donde se desarrolló, desde entonces, un agresivo proceso de colonización. Allí es donde nacen y se fortalecen las FARC. No soslayaría el papel que el Partido Comunista jugó en la orientación ideológica y política de esta fuerza esencialmente campesina y de claras connotaciones liberacionistas. Pero creo firmemente que los verdaderos factores que generaron la organización militar, fueron el ataque del Ejército Nacional y, sobre todo, la estrategia de tierra arrasada que utilizó como aplicación del concepto de "enemigo interno".

Quisiera tocar de paso la historia del ELN. Como quedó dicho, la Revolución Cubana tuvo mucho que ver con el surgimiento del ELN. Pero no menos que la violencia que azotó a Santander y al Magdalena Medio, de tiempo atrás. Recuérdese que gran parte de las campañas de las guerras del fin del siglo XIX, se llevaron a cabo teniendo como eje el río Magdalena y sobre todo las regiones de colonización santandereana. La derrota liberal del 85 sucede en La Humareda, y Uribe Uribe disuelve parte del Ejército Liberal en San Vicente de Chucurí, después del desastre de Palonegro. El Magdalena Medio es testigo de la lucha de los braceros del río y de los obreros petroleros durante los años veinte y treinta, y luego, en el 48, Barranca se alzó como Comuna Popular. Su jefe, Rangel, continuó la lucha armada, precisamente donde Uribe había disuelto sus fuerzas en el año 1900, y allí mismo llega en 1964 Fabio Vázquez a sembrar la semilla del "foco guerrillero". Hay que agregar el hecho de que buena parte de la fuerza del ELN nace del desarrollo del conflicto entre los obreros petroleros y el gobierno y las compañías internacionales.

Es aquí donde encontramos una de las razones más evidentes de la intervención de EE.UU. en el problema. Para nadie es un secreto que uno de los objetivos principales de los EE.UU. es proteger sus intereses en Colombia a través justamente de los acuerdos -para llamarlos de alguna manera- con el Ejército colombiano y, por lo tanto, no es una sorpresa que detrás de la guerra contra el ELN está, no sólo la aspiración a resolver el "problema del tubo", sino también la intención de debilitar las organizaciones obreras.

II

Afinando bien el ojo, valdría la pena preguntar por la forma que toma la injerencia norteamericana en el conflicto armado. Dejemos atrás los tratados y concentremos la atención en las modalidades militares que usan para hacerle frente a una fuerza irregular de carácter campesino. Aventuremos que el objetivo principal de la estrategia está en contrarrestar las dos fuerzas principales de una guerrilla: el apoyo civil y la movilidad. (Recuérdese "el pez en el agua" y el "muerde y huye" del Che). Comencemos por la segunda, la movilidad. La movilidad es uno de los fundamentos de la estrategia guerrillera, que-como se ha visto en muchos casos- puede ser contrarrestada con el uso de helicópteros y otras ayudas aéreas, y sobre todo hoy con la inteligencia originada en sistemas satelitales. La aviación tiene importancia táctica no sólo para el transporte de tropas y vituallas, sino también porque puede cumplir importantes papeles intimidatorios, como por ejemplo los bombardeos y vuelos rasantes, etc. La ayuda militar de EE.UU., desde los años de la Guerra Fría, privilegió esta arma, tanto por su eficacia como porque le permite participar en el conflicto sin comprometerse a fondo en la guerra.

La otra característica de la estrategia guerrillera es la relación con la población civil. Este vínculo es determinante en un conflicto armado, hasta el punto de que los teóricos afirman que una guerra se gana o se pierde según las relaciones que se tengan con ella. En general las guerrillas colombianas tienen un complejo enraizamiento con las comunidades rurales, entre otras cosas porque nacen de sus necesidades y porque es la población civil la principal fuente de abastecimiento e información. No podría entenderse cómo la insurrección sostiene una guerra tan larga y tan sangrienta si no tuviera las relaciones que tiene con los campesinos. Por dos razones: primero, porque hay una fuerte tradición de guerra civil, y segundo, porque la fuerza pública contribuye con sus acciones a consolidar y desarrollar la solidaridad y la colaboración de los campesinos con los insurrectos. Es precisamente lo que el Ejército ha tratado de romper, y lo ha hecho de la manera más brutal: apelando al terror. Los EE.UU. han utilizado todo el conocimiento sobre los mecanismos, modalidades y efectos del terror adquiridos en las guerras mundiales y en las guerras coloniales para ser aplicados en la lucha contrainsurgente en Colombia. La Escuela de las Américas se especializó en formar oficiales en técnicas que utilizan el terror ejemplarizante como un arma disuasiva y un martillo para romper la pecera y sacarle el agua. Razón por la cual el Ejército de Colombia fue el responsable del 80% de los atropellos y violaciones de los Derechos Humanos durante los años de la Guerra Fría, que no es sino otra forma de mostrar la sistemática violación de la Constitución y de las leyes. Sin embargo, no podría demostrarse que el terror haya logrado aniquilar a las guerrillas, y se diría más bien que ha sido un factor para fortalecerlas. No quiero, sin embargo, centrar el señalamiento en una estrategia formulada externamente. La historia de nuestra violencia es el despliegue de un catálogo de atrocidades de difícil cualificación. La lucha partidista, para no ir muy lejos, constituye un caso en el que el sectarismo político se transformó en una verdadera patología criminal fundada en la represión sexual y el fundamentalismo religioso. De suerte que el terror como táctica de guerra, que se enseñaba en la Escuela de las Américas, y aplicado por nuestro Ejército, encontró el camino hecho y andado. No podría decirse que la Guerra Fría le agregó al terror la necesaria impunidad con que se ejecutaba, porque nuestra violencia ha estado siempre acompañada de impunidad y connivencia. Fueron 25 años de desangre sistemático cuyo logro principal fue sostener un sistema político excluyente y corrompido y una economía rapaz y contrahecha.

III

El derrumbe de la Unión Soviética y del mundo bipolar no trajo, sin embargo, la paz a nuestro país, como hubiera sido de esperar si el diagnóstico de los EE.UU. sobre las causas de nuestro conflicto hubiera sido acertado. Nada. El comunismo se acabó y nuestra guerra se intensificó. De un lado, las guerrillas, particularmente las FARC, se vieron libres del tutelaje ejercido por el Partido Comunista, lo que se tradujo en una mayor iniciativa política, y de otro lado, el deterioro económico -pero principalmente la crisis del campo y la explosión del desempleo- empujaron a los campesinos a sustituir sus cultivos tradicionales por la marihuana, la coca y más tarde la amapola. Hay que agregar que históricamente no fue la producción de drogas la que creó la demanda, sino al contrario. Una de las secuelas más importantes de la desastrosa guerra contra Vietnam fue la creación de un mercado de drogas blancas, que en la posguerra se transformó en una modalidad del consumo masivo, principalmente en EE.UU. Aunque la asociación entre la caída del Muro de Berlín y la aparición del narcotráfico no ha sido establecida con rigor por los historiadores, los estrategas de la guerra encontraron en el nuevo fenómeno el demonio que necesitaban para sustituir el comunismo. En nuestro país, la tesis de la "narcoguerrilla", formulada y desarrollada por la embajada de EE.UU., apareció en el mismo año en que la puerta de Brandemburgo dejó de ser una frontera entre dos mundos, y los comunistas criollos comenzaban a ser tildados por los publicistas del sistema de animales antediluvianos.

El fin de la Guerra Fría permitió al mismo tiempo ampliar el campo a la lucha por los Derechos Humanos en el mundo entero. La lucha contra la arbitrariedad y la violencia de los estados se libró del señalamiento que la identificaba con el comunismo y así, despojada de la impostura, pasó a ser una preocupación universal. En Colombia la vigencia de estos principios tuvo una consecuencia a la vuelta de una década: la violación de los derechos humanos atribuida a la fuerza pública se redujo de un 80% a menos del 10%. Los militares muestran con orgullo estas cifras sin caer en la cuenta de que son, bien vistas las cosas, cabeza de un nuevo proceso contra ellos, no ya por acción, sino por tolerancia con los paramilitares que en esa misma década pasaron a ser responsables del 70% de la violación de los DD.HH., década en la cual el narcotráfico se convirtió en el amo y señor de la economía nacional.

El narcotráfico fue hasta mediados de los setenta una actividad ajena al país. La coca tenía un limitado consumo ritual, la marihuana se fumaba en las cárceles y la heroína era conocida por un reducido grupo de intelectuales afrancesados. Fueron capitales norteamericanos los que descubrieron la posibilidad de ampliar el mercado a partir de la demanda abierta, a raíz de la guerra con Vietnam. Se asociaron a ese capital y a ese mercado en ciernes, nuestras ventajas geográficas y climáticas, la tradición del contrabando y sobre todo, la facilidad de corrupción de las autoridades. Sea como fuere -y repito la figura una vez más-: la marihuana y la coca, para los campesinos nuestros, "cayeron del cielo". En las zonas de colonización la ruina de la economía campesina era manifiesta y aguda. Los colonos trabajaban de hecho para los ganaderos y comerciantes quienes, calculadamente-era su negocio-iban cambiándoles deudas por "mejoras". Se reproducía así el latifundio en la frontera agrícola y se mantenía un campesinado siempre al borde del hambre. En este surco cayó la coca. Y floreció. Y le dio al campesino la herramienta para defenderse de la bancarrota y la manera de pagar sus deudas y de mejorar su finca y de mandar los hijos a la escuela y de construir una casa de material y de hablarle duro al alcalde, y hasta de pagarle a la guerrilla, a la policía, al juez, al capitán del Ejército, "impuestos". Las zonas de colonización conocieron una nueva bonanza, más intensa y más generalizada que las del caucho, el oro o la madera. El dinero se veía andar por la calle. Se enriquecieron los comerciantes sin necesidad de hacer haciendas a costa de las "mejoras" de los colonos, se enriquecieron los vendedores de insumos para la coca, los funcionarios públicos, y los campesinos tuvieron acceso al mercado de consumo. Las guerrillas, que al comienzo se habían declarado enemigas acérrimas del cultivo de la marihuana y de la coca, tuvieron que ceder ante la perspectiva de que los campesinos les voltearan la espalda y cuando vieron que los cultivos ilícitos no sólo eran un mal necesario sino una fuente de enriquecimiento general, y por tanto la ocasión para extorsionara mucha más gente. Nació así el gramaje, que en el fondo no es más que un sistema tributario en ciernes y que, de alguna manera, complementa y expresa la sustitución del Estado, que ha hecho la guerrilla en muchas regiones. Se podría sintetizar el fenómeno diciendo que se encontraron en una misma parte los excluidos por el desarrollo económico -los colonos-, y los excluidos políticos-la guerrilla- Fue el fin, no diríamos de la historia, pero sí de una historia que arrinconaba a los campesinos y a la oposición política a refugiarse en la selva.

IV

Los EE.UU. le han declarado la guerra a la droga, principalmente por razones de su política interna. Los Republicanos, que obedecen electoralmente al voto puritano -una arraigada tradición que está en el origen mismo de su formación nacional- y que consideran que es la oferta la que genera la demanda de drogas, se oponen radicalmente a cualquier medida distinta a la erradicación forzosa de cultivos ilícitos. Esta posición, que es muy popular en EE.UU. porque exonera al "american way of life" de toda responsabilidad, es compartida por buena parte del electorado demócrata y por la gran mayoría de sus dirigentes que, de una u otra manera, aceptan que lo correcto es reprimir la oferta y sobre todo, como es también una tradición, "sacar la guerra de la propia casa y hacerla en la ajena". Habrá sin duda otros argumentos, de carácter económico y militar, que aunque reconozco, no me parecen de peso considerable.

La "droga" -el demonio de fin de siglo-, se ha convertido, una vez derrotado el comunismo, en el enemigo público número uno de los EE.UU. Es la esencia misma del mal. El electorado norteamericano, en su mayoría sensible a la caza de brujas, contribuye a ver en los narcotraficantes el monstruo que devora a la juventud americana y acepta dócilmente ser la nueva cruzada. Mientras esta mitología crece en EE.UU., en Colombia crecen los cultivos ilegales. Por varias razones. Antes de los noventa, la emigración hacia las zonas de colonización tenía un motor principal: la concentración de la tierra y la bancarrota de la economía campesina. El fracaso de las políticas de reforma agraria y de los planes de empleo fue, desde entonces, el resorte del proceso. Pero al mismo tiempo se hacía más fuerte un bipartidismo que, a falta de una dinámica generada por corrientes encontradas, cayó necesariamente en el clientelismo más aberrante. La desestabilización que se trató de resolver aplastando la oposición, resurgió como desestabilización acumulada en cabeza de la guerrilla. A partir de la vigencia del neoliberalismo y de la política de apertura económica, no sólo la industria manufacturera recibió un golpe drástico y, sin duda, irreversible, sino también la agricultura. La ganadería fue excluida de los efectos al lograr imponer un alto arancel de importación para evitar la competencia de las carnes argentinas y americanas. Es decir, se golpeó el sector comercial empresarial y se defendió el latifundio ganadero. La economía campesina resistió mejor los desastrosos efectos, debido a sus defensas naturales, pero se colocó prácticamente en el autoconsumo. El resultado neto fue un creciente desempleo, la emigración de capitales hacia otros sectores, especialmente el de bienes raíces y construcción urbana, y la emigración campesina y de otros sectores populares hacia las zonas de colonización. La privatización, a su vez, redobló el fenómeno, al lanzar miles de obreros y empleados a competir en un mercado laboral de por sí abarrotado. Mucha gente, digámoslo así, se fue a trabajar con la coca como única alternativa. Al mismo tiempo y por razones diversas, la erradicación en Bolivia y Perú le permitió a Colombia suplir con la oferta que estos países representaban, y México entró a articularse con sus 3.000 kilómetros de frontera y una creciente población chicana disponible para la comercialización de la coca. Con estos recambios la lucha contra los carteles colombianos ha resultado pírrica, para no decir inútil. De cierta manera la apertura económica, al arruinar la economía agrícola empresarial, permitió que parte de las utilidades del narco se dirigieran a comprar esas tierras y agregarlas a las haciendas ganaderas protegidas por el arancel y que venían comprando desde los años setenta, como manera de lavar su dinero y de invertirlo en un sector-la sagrada propiedad-que el Estado defiende a toda costa. También invirtieron, y grandes capitales, en el sector de la construcción urbana, una de las grandes estrategias económicas que subordinada al capital financiero, se había salvado de los efectos devastadores de la apertura y justamente gracias también a esas mismas inversiones originadas en el narcotráfico.

En las zonas de cultivos los planes de erradicación y sustitución también fracasaron. Éstos porque fueron puestos al servicio del clientelismo y porque la apertura económica golpeaba devastadoramente cualquier iniciativa productiva al llegar al mercado. La erradicación porque la fumigación se tradujo en movilidad de cultivos y cultivadores. Los colonos tenían no una sino varias chagras en producción, de suerte que minimizaban el riesgo de ser fumigados. Esto significó también que el área donde se cultivaba o se podía cultivarse ampliara enormemente, de modo que aunque era menos densa, seguía produciendo lo mismo o más, pero a efectos de erradicación esta estrategia espontánea de los colonos significaba aumentar la dificultad de fumigación, dada la limitación de recursos estatales para hacerlo. A esto hay que agregar nuevas variedades de coca como la tingomaría que produce tres veces más que las variedades tradicionales.

En resumen, es en las políticas neoliberales donde hay que buscar la fortaleza de los cultivos ¡legales y en el fracaso de la represión, el origen del escalamiento de la guerra a que hoy estamos expuestos. En una década, el área cultivada se ha duplicado, la producción quizás se ha multiplicado por tres y los gastos en reprimirla quizás por cinco. Los EE.UU., aunque sus expertos saben del origen social de los cultivos ilícitos, acusan a las guerrillas de ser la causa de estos desastrosos resultados (de alguna manera, hasta sospechan que aceptando las causas sociales de la coca y de la ampliación de cultivos, llegan al neoliberalismo).

Claro es que las guerrillas, y sobre todo las FARC, se han fortalecido militarmente a causa de su política de extorsión a narcotraficantes, campesinos enriquecidos y comerciantes legales, pero no es menos cierto que las condiciones sociales de los campesinos y la represión militar han contribuido a crear un ejército que le ha propinado contundentes golpes a las fuerzas militares regulares. Es aquí donde vuelve a aparecer la mano de EE.UU.

Ante el fracaso de la política de erradicación de "baja intensidad", el fortalecimiento de una fuerza armada que cuestiona los privilegios que el Estado le ha otorgado al capital extranjero y que amenaza con imponer una política contraria o sustitutiva del neoliberalismo, que en fin podría cambiar la base política del sistema, los EE.UU. se inclinan a participar de manera más activa en el conflicto. Quizás la época preelectoral haga ver esta tendencia más nítida, pero esa política no parece reversible a corto plazo. El objetivo principal es golpear a la guerrilla no sólo -como argumenta el Departamento de Estado- por ser el obstáculo principal que se opone a la erradicación de la coca, sino sin duda, por ser una fuerza política de estirpe marxista -para estos efectos Marx no ha muerto- y de claros acentos anti norteamericanos.

¿Qué temen los EE.UU. de esta nueva fuerza? Temen que el Statu Quo se vea afectado. Su posición es de "principio": la defensa del orden a todo costo. Quizás por eso Clinton considera que los Rebeldes Políticos -lo dijo en el célebre discurso ante la Unión- son asimilables a enemigos de EE.UU. en el siglo XXI, junto a los narcos, los terroristas y los comerciantes de armas. El orden son las reglas del juego establecidas y son el resultado de alianzas entre los intereses de los dos establecimientos, o la "tradicional amistad que une a nuestros pueblos". En el fondo, es un orden que ofrece estabilidad, seguridad y rentabilidad a las inversiones extranjeras, y en ese sentido también esos intereses gozan de preferencias y privilegios. Hoy, la política neoliberal hace parte de esos principios económicos y de ese orden político que se defiende y que se teme sea puesto en cuestión por los alzados en armas. Por esa razón Chávez es también una amenaza, por lo menos hasta que no entre en razón, como parece que ya está pasando.

Temen también que sus propios fantasmas se conviertan en realidad. Ronda en su mundo fantástico la idea de que la narcoguerrilla -su demonio necesario y útil-transforme el sistema en un narcoestado, más aún, en un narcoestado totalitario.

Cae fuera de toda duda la función política e ideológica que esta fábula cumple y que ha sustituido con creces al fantasma comunista. Lo que sorprende es que en una sociedad madura desde el punto de vista cultural y donde, existe libertad de prensa y opinión, este mecanismo tenga tanta fuerza. Sorprende también que aún siendo ciertas las dos amenazas, se recurra a la guerra cuando hoy, en un mundo globalizado, las posibilidades del desafío a las leyes del mercado son muy reducidas. La vieja táctica militar de sitiar al enemigo ha sido sustituida con éxito por el bloqueo económico y político. La intervención militar -caso Irak y Kosovo- es un recurso último que tiene una condición: la intervención multinacional y "humanitaria". Quizás sea lo que en Colombia se esté preparando. O, de alguna manera, se quiera evitar, dados los altos costos políticos que tendría. Nos enfrentamos entonces a lo que podríamos llamar una intervención de alcance medio, que no descarta, sino en primera instancia, una operación de gran envergadura, que llamarían, digamos, "Tormenta Verde".

Hoy por hoy las guerrillas representan un buen argumento bélico que rinde ventajas electorales a los partidos norteamericanos y también a los colombianos. Clinton ha defendido la ayuda militar, llamada Plan Colombia, porque no ha logrado defenderse del argumento republicano de que la oferta de droga es la principal causa de la drogadicción de 20 millones de norteamericanos. Supongamos que los 1.600 millones de dólares sean aprobados por vía extraordinaria en estos días. Como se sabe, el 80 por ciento es de carácter militar, y el 20 por ciento, de carácter complementario. Este dinero está dirigido básicamente a mejorar la movilidad y la inteligencia de nuestras Fuerzas Armadas y, claro está, a hacer efectivas esas ventajas por la vía del entrenamiento de cuerpos élites, que es una manera de decir dos cosas: una, que no confían para nada en las Fuerzas Armadas colombianas, y no sólo desde el punto de vista de la eficacia militar sino también desde el punto de vista administrativo, y dos, que el Pentágono no está dispuesto a dejar en manos de oficiales colombianos el mando de las operaciones militares. Los Estados Unidos saben bien que nuestras Fuerzas Militares son ineficaces porque son corrompidas y no están dispuestos a gastar pólvora en gallinazos, o mejor, a botar su dinero. Este es, sin duda, un problema para ellos, que resuelven mediante los programas llamados de asistencia técnica. Los dos mil y tantos asesores técnicos que hay en Colombia no son otra cosa que un mando paralelo.

¿Qué va a pasar con la nueva fuerza de batallones antinarcóticos?

Los batallones antinarcóticos-que pronto serán una brigada- serán en realidad la fuerza de tierra del nuevo esquema, cuya inteligencia será controlada por los asesores norteamericanos. Para ello ya está en proceso de rígida centralización todo el sistema informativo que antes se repartía en diferentes cuerpos y ahora manejarán exclusivamente los militares. Los batallones contarán con apoyo aéreo tanto para la movilización de tropas como para el ataque. Los aviones Awak y los Black Hawk están destinados a cumplir estas funciones. Es fácil imaginar el escenario: aviones bombardeando concentraciones guerrilleras, y es fácil también pensar en la dispersión de estos cuerpos, como medida defensiva. Ello equivale a decir que las FARC no podrán pasar fácilmente a guerra de posiciones. Pero habría que pensar también que la guerrilla buscará actuar de manera irregular, pero en zonas cada vez más densamente pobladas, donde la inteligencia aérea sea menos precisa y donde los bombardeos tengan un costo político mayor. Estas opciones harían la guerra más compleja y tenderían a comprometer cada vez más a la población civil en las operaciones de las partes, y ponen sobre el tapete el problema de los derechos humanos y del Derecho Internacional Humanitario.

Las Fuerzas Armadas colombianas han encontrado en los paramilitares el instrumento perfecto para no comprometerse -o hacerlo de manera omisiva- con la guerra sucia. Las cuentas son claras: mientras la responsabilidad de la fuerza pública en violación de Derechos Humanos, disminuye aceleradamente, en la misma proporción y ritmo aumenta la de los paramilitares. La de la guerrilla se mantiene constante. Esta correlación le permite al Pentágono pasarse por la faja la enmienda Leahy y al Ejército colombiano convertirse en el tercero en discordia. Sin duda, es una de las más importantes funciones que cumple el paramilitarismo. Los militares colombianos pueden hoy ser acusados de complicidad por omisión en la violación de los derechos humanos, pero cada vez menos, de actuaciones directas. La estrategia es también clara y tiene referentes históricos en Colombia: utilizar a los paramilitares para atacar a la guerrilla y luego, atacar a los paramilitares. El único problema en esta estrategia es que el paramilitarismo -o por lo menos Castaño- tiene aspiraciones políticas y no va a aceptar ser un mero alfil para ser sacrificado a gusto. De otro lado, los medios de

comunicación y las movilizaciones de la llamada sociedad civil complementan la siniestra división del trabajo, dispensando toda la acción de los militares y aún de los paramilitares como un error, un infundió, o alzándose de hombros y exclamando: es la guerra. Un ejemplo de la posición de los medios se vio claro con respecto a dos hechos: la masacre de El Salado, donde 35 campesinos fueron asesinados por paramilitares borrachos, sus cadáveres mutilados y sus mujeres violadas. El Ejército presentó el hecho como el resultado de un enfrentamiento entre paras y guerrilla, y de no haber sido por la Fiscalía, que dio la verdadera versión, la cosa habría quedado escondida. Luego vino la entrevista de Darío Arizmendi con Castaño, en la que el paramilitarismo quedó justificado, y no por la entrevista misma, que fue un trabajo periodístico más, sino por el efecto que consiguió en una audiencia largamente preparada para justificar las masacres como una respuesta militar legítima, a la guerrilla. Ahora se produce el ataque a la policía de Vigía del Fuerte.

Los medios y el gobierno lo han mostrado como una masacre a "servidores públicos" y al pueblo más pobre de Antioquia. Yo repudio toda forma de guerra y por eso he estado siempre al lado de las negociaciones de paz. Pero tengo que decir que Vigía del Fuerte es un pueblo que desde hace por lo menos cinco años ha sido manejado por el paramilitarismo. De allí han salido todas las comisiones de paramilitares que han azotado el Atrato Medio, y que son responsables del desplazamiento de miles de familias campesinas indígenas, chilapas y negras. Cuando se ahogó al cooperante español y al cura párroco de Beté, la Fiscalía estableció públicamente que los asesinos habían salido de Vigía, donde los paramilitares tenían su cuartel y donde la policía era cómplice. Yo agrego -y lo sé desde hace mucho tiempo- que las empresas madereras, unas muy conocidas, tienen allí sus negocios y financian al paramilitarismo. Quieren el bosque del Atrato Medio, declarado Reserva Forestal, y para explotarlo han financiado el terror en la región. No ha habido un sólo periodista -incluyéndome-que haya hablado de la estrecha relación que existía entre los paras, la policía y los comerciantes de madera. Establecer estos hechos no significa en absoluto que yo defienda a la guerrilla ni justifique el ataque. Pero tengo que explicármelo así como también lo hice en el caso de El Salado y que atribuí, y así lo escribí, al mando que tienen los ganaderos sobre los paramilitares en la Costa Atlántica.

Es que la economía está vinculada íntimamente a la guerra, como es obvio a la hora de las explicaciones históricas, y velado siempre a la hora de la presentación de los hechos. Debo repetir que la guerrilla financia sus operaciones por medio de la extorsión, en las zonas de producción de coca y amapola con los comerciantes. La lucha de los batallones antinarcóticos contra el narcotráfico busca romper esta fuente financiera, y obligar a la guerrilla a negociar más barata la paz. Pero es obvio que si el gobierno inicia una guerra contra la economía de guerra de la guerrilla, ésta responda atacando las bases económicas de su enemigo. Así hizo la OTAN en Kosovo, atacó puentes, centros de comunicación, energía eléctrica. Será sin duda el nuevo tipo de guerra que se desencadenará a partir de la puesta en marcha de los operativos antinarcóticos de los batallones. El ELN ha mostrado cuán vulnerable a una guerra de este tipo es la economía nacional, y qué tan ineficaz es la fuerza pública para controlarla. Atacada la infraestructura, la economía colapsa en muy poco tiempo. Y hay que agregar que la economía campesina es más fuerte que la empresarial en una guerra, sobre todo si ésta es irregular. En este sentido, la economía que sostiene a la guerrilla puede resistir más que la que sostiene al gobierno, así éste cuente con el apoyo de EE.UU. Presumo que el gobierno es consciente del hecho de que, de ponerse en marcha el Plan Colombia tal como está hoy formulado, es decir, con un alto componente militar, las posibilidades de sostenerse en la mesa de negociaciones, habida cuenta de la reacción bélica de la guerrilla, son muy reducidas. En cambio, las posibilidades de que la mesa conduzca a unos primeros acuerdos, tal como van las cosas hoy y a pesar de la reacción de los militares por los hechos de Vigía del Fuerte, son altas. Los partidarios de la paz, dentro y fuera del gobierno, deben estar a estas horas rezando para que la ley extraordinaria de ayuda a Kosovo y a Colombia se ahogue en el Congreso norteamericano: pero supongamos que no.

El conflicto se intensificará y algo parecido a una guerra civil comenzará a hacerse más nítido en el horizonte. Para ello se cuenta con dos economías de guerra, con una opinión pública fuertemente polarizada y, cada día más, con poderes territoriales excluyentes aunque en ningún caso, absolutos. Los EE.UU. tendrán que definir su posición real frente al paramilitarísmo, hoy tan ambigua. La guerrilla y su posición frente a los DD.HH., una bandera que se ha dejado quitar-o por lo menos anular- por sus enemigos. El gobierno por su parte, tendrá que darse la pela del reconocimiento de beligerancia, si quiere hacer efectivo el DIH, y aún los acuerdos mismos surgidos de la mesa.

De no poder poner de rodillas a la guerrilla sino por el contrario, escalar la guerra, los EE.UU. apelarían quizás a ensayar una "intervención humanitaria". La jurisprudencia de tal intervención fue establecida en Kosovo, y en el caso colombiano se alegarían las acciones de las guerrillas -resaltando el asesinato de los indigenistas, los muertos de Machuca y los secuestros del avión de Avianca y de la iglesia de La María- los vínculos con el narcotráfico y las masacres de los paramilitares. Pero para atacar a Milosevik se contaba con la OTAN y en el caso colombiano habría que comenzar a crearla, o por lo menos a organizar un instrumento similar. Hace unos meses, la cosa pintaba así: en Argentina aún gobernaba Menem; en el Perú, Fujimori tenía asegurada su reelección; en el Ecuador, los problemas eran manejables; Brasil necesitaba al FMI, etc. Pero hoy el cuadro es bien distinto. En el Cono Sur ha ganado fuerza la izquierda, Brasil y Venezuela han declarado explícitamente que no intervendrían en el problema colombiano, Panamá se ha negado a instalar una nueva base antinarcóticos, en el Perú el "Cholo" Toledo pone en duda la reelección del "Chinito" y Ecuador no está para aventuras militares, a pesar de la dolarización de su economía. Una intervención multinacional de vecinos manejada por EE.UU. no es hoy tan fácil y si, a pesar de todo, logra galvanizar, se le agregaría a la guerra un ingrediente del que hoy carece: la causa nacionalista. Europa no parece estar en disposición de apoyar una intervención militar en Colombia. Más aún, la UE no está tan inclinada a favorecer el Plan Colombia como nos lo ha hecho creer la Presidencia de la República. Por dos razones: la primera, porque Europa ha sido siempre partidaria de la política de sustitución de cultivos ilícitos y no de la de erradicación forzada o violenta, y segundo, porque opinan, aunque lo hagan con sumo cuidado, que el Plan es un programa de gobierno y no de Estado. Así lo dijo, por ejemplo, el canciller español, señor Matutes, cuando puso como condición para asumir el papel que se le asignó a España, de "pasar el bonete" para recoger fondos, en junio, que el Plan fuera respaldado por el gobierno y aceptado por la guerrilla. Saben que de otra manera esa ayuda no tiene viabilidad ni posibilidad de ser una acción efectiva contra el narcotráfico. Por el contrario, prevén que el Plan Colombia, tal como está formulado, equivaldría a un baldado de gasolina en un fogón.

En síntesis, una intervención multilateral no es fácil. Y dadas las dificultades que la aprobación de los 1.600 millones de dólares ha tenido en el Congreso norteamericano, es previsible que tal estrategia encuentre una enorme oposición en la opinión pública internacional.

Así que rematando, creo que la intervención norteamericana se limitará, en una primera fase, a participar en el entrenamiento de los batallones antinarcóticos, que muy seguramente termine en una reforma superficial de nuestras Fuerzas Armadas, tal como ocurrió con la policía, en el suministro controlado de información privilegiada de inteligencia, que podría ser compartida con los paramilitares, Y el reforzamiento de la movilidad aerotransportada. El ensayo será sangriento y quizás haga fracasar la mesa de negociaciones. El gobierno lo sabe y en su seno se deben estar hoy sintiendo las terribles tensiones derivadas de la debilidad del poder civil sobre el militar.





[*] Sociólogo e investigador independiente.«« Volver

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Conflicto, paz e intervención internacional
   
 

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