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Revista Cubana de Medicina Militar - Fundamentos éticos y patrióticos de la Medicina Cubana

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Revista Cubana de Medicina Militar

versión On-line ISSN 1561-3046

Rev Cub Med Mil v.28 n.1 Ciudad de la Habana ene.-abr. 1999

 

Historia de la Medicina Militar Cubana

Instituto Superior de Ciencias Médicas Santiago de Cuba

Fundamentos éticos y patrióticos de la Medicina Cubana

Tte. Cor. Juan F. Ortiz Estrada1

Resumen

Se realizó una investigación de carácter histórico apoyada en revisiones bibliográficas de diferentes tipos para estudiar las raíces y desarrollo de las ciencias médicas en Cuba y su relación con el quehacer sociopolítico y el surgimiento de la nacionalidad cubana. Se establecieron las cualidades fundamentales que han caracterizado a ésta y su profunda relación con la situación actual de nuestro país. Se planteó la necesidad de trasmitir estos conocimientos a nuestros profesionales y estudiantes con vistas a reforzar el trabajo educativo e ideológico con ellos.

Descriptores DeCS: HISTORIA DE LA MEDICINA; ETICA MEDICA; CUBA.

La medicina cubana ha tenido durante su desarrollo histórico un intenso aval participativo en las actividades científicas, patrióticas y humanistas que han marcado su decursar y definido sus características, así como ha establecido una ética propia que se refleja en su cotidiano y largo quehacer.

El surgimiento de las ciencias médicas cubanas hay que verlo íntimamente relacionado con el de la nacionalidad, étnicamente generada por la fusión de españoles, indios, negros y asiáticos lo cual le da una especial conformación racial y cultural y coadyuva a la creación del espíritu de independencia en relación con la metrópoli, lo que unido a la relativa prosperidad de la Isla por su envidiable posición geográfica con respecto al tránsito y comercio de Europa con la América generó la aparición de una acaudalada clase criolla, azucarera y ganadera en lo fundamental, con pensamientos incipientes de independencia y ansias de desarrollo, aunque aún las ideas de la separación plena no habían madurado, para lo cual faltarían muchos años.

Es en estas condiciones sociopolíticas que comienzan en Cuba los estudios de la medicina en 1726 como parte de las facultades que funcionaban en el Convento de los Domínicos San Juan de Letrán. Estas facultades se integraron en 1728 a la Universidad de La Habana, incorporándose los estudiantes que en 1726 habían comenzado sus estudios en la institución religiosa antes mencionada.

La facultad contaba solamente con 4 cátedras (Fisiología, Patología, Terapéutica y Anatomía) y en el orden filosófico predominaba el Eclecticismo, por lo cual quedaban grandes vacíos en la interpretación científica de lo que hoy conocemos como proceso salud-enfermedad.1

No obstante, la creación del primer centro superior de estudios de la medicina significó un importante paso de avance, si consideramos que hasta ese momento sólo se practicaban en el país de forma autóctona, medidas rudimentarias de la medicina heredadas de nuestros aborígenes y traídas por los obligados inmigrantes africanos y asiáticos, así como de la medicina ejercida por diversas categorías de practicantes y médicos ibéricos, generalmente atrasadas y lastradas por concepciones escolásticas, la cual por otra parte, no llegaba a las capas mayoritarias de la población.

Fue de las aulas y salones de esta primera facultad de donde egresó, en 1789 como Bachiller en Medicina, nuestro insigne científico Don Tomás Romay, que alcanzaría el título de Médico en 1791 mediante una brillante exposición sobre el contagio de la tisis (TB).2

Es de significar que ya en esos momentos, algunos ciudadanos cubanos habían cursado estudios de medicina en otras tierras, siendo el primero de ellos el doctor Diego Vázquez de Hinostrosa que recibió su Diploma de Bachiller en Medicina en México en 1651 y 2 años más tarde era acreditado por el Protomedicato de aquel país como médico, inscribiendo su título en La Habana en 1655 y ejerciendo durante 4 años en la capital colonial cubana.3

Este hecho no se repetiría hasta 50 a más tarde, en que hacia México y otros países parten algunos jóvenes a estudiar las ciencias médicas. Durante los siglos XVIII y XIX, universidades de España, Estados Unidos, Francia e Inglaterra fueron las fuentes fundamentales en la formación de jóvenes criollos en las ramas de la medicina, todos ellos provenientes de familias acomodadas y ricas y de "sangre limpia y buenas costumbres", condiciones que exigía la metrópoli colonial para poder ejercer la profesión en la Isla, lo cual significaba la exclusión de negros, mestizos y personas no fieles a la corona. También se exigía ser practicantes desde largo tiempo antes, de la religión católica.4

Esta emigración académica obedecía a que la enseñanza y los conceptos que se aplicaban en nuestra facultad eran obsoletos y teóricos, considerándose por algunos que no es hasta la época en que Romay se hace cargo de la Cátedra de Patología que nace la verdadera medicina moderna cubana.

Con el decursar de los años, los estudios de las ciencias médicas en Cuba evolucionaron, situándose a la altura de los más avanzados del mundo, y a pesar de las limitaciones que el propio contexto político-social del país imponía, de ellas surgieron figuras que representarían las principales cualidades que dignifican a lo largo de nuestra rica historia esta profesión y que se enaltecen hoy más que nunca bajo las invictas banderas de la Revolución Cubana.

Es en esa rica trayectoria que se forman y cimientan los 4 pilares básicos en que debe erigirse nuestra concepción para la formación de las actuales y futuras generaciones. Ellos son:

  • Permanente superación científica y técnica.
  • Patriotismo y espíritu de sacrificio.
  • Solidaridad y humanismo.
  • Iniciativa y creatividad.

Características históricas de la medicina cubana

Permanentes superación científica y ténica
Las inquietudes científicas, como manifestación de amor al desarrollo de la nacionalidad y al bienestar de nuestro pueblo, surgieron con nuestros antecesores en los albores mismos del desarrollo de las ciencias médicas en Cuba, y casi coincidiendo con las primeras reformas a los planes de estudios y la secularización de la Universidad de La Habana.

Así nace la idea de la creación de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, la cual se materializó el 15 de marzo de 1861 después de más de 30 a de resistencia por parte del gobierno español, que no quería elementos autóctonos de desarrollo en la Isla que menoscabaran su dominio sobre la nación cubana.

Sus objetivos la señalaban como el lugar "donde reunidos los profesores de más conceptos, trabajar de consuno, comunicándose y discutiendo las ideas, publicándolas cuando era conveniente y entablando las más importantes correspondencias con otras sociedades... sobre todo las que reportan más interés al laudable objeto de asegurar la salud pública en este suelo y de comunicar mayores grados de esplendor a la medicina cubana.5

Como puede apreciarse, sus propios objetivos recogen claramente la idea de la superación, divorciada del egoísmo, la vanidad, el espíritu de enriquecimiento, y se plasma como un laudable propósito de hacerlo para el bien de todos y la magnificación de la Patria.

Este propósito, conducido en sus inicios por hombres como Nicolás José Gutiérrez Hernández, Félix José Giralt Figarola, Ramón Zambrana Valdés, Juan Bruno Zayas Jiménez y otros, continuó primando en lo mejor de nuestros precursores.

Aportes importantes a la medicina ya habían realizado el doctor Rafael Cowley y Valdés Machado, uno de sus fundadores y notable Fármacoterapeuta, el doctor Sebastian Amabile, primer médico caído en combate en nuestras gestas independentistas, creador con éxito de métodos antisépticos novedosos en los heridos de la guerra civil (Secesión) de los Estados Unidos y otros.

Fue precisamente esta primera academia de la ciencia cubana el marco en el cual Carlos J. Finlay presentó sus ensayos originales en 1872 sobre los factores de origen y trasmisibilidad de la fiebre amarilla que azotaba a la población, y en cierta medida son los intercambios que en ella sostiene con figuras tan destacadas como el sabio Don Felipe Poey, unido a su inteligencia y audacia, quienes lo llevan a perfilar su teoría despojada de errores y proclamando el factor biológico como elemento esencial en la génesis del mal. Finlay significó la dedicación y entrega a las ciencias, que no se detuvo en su genial descubrimiento expuesto en 1881 en la Conferencia Internacional de Washington, sino que a tan importante verdad unió la obtención de una forma de inmunización mediante la inoculación de la enfermedad en formas atenuadas.

Durante un siglo de existencia fueron cientos las personalidades prominentes que formaron parte y aportaron al rico caudal de la academia.

Durante la etapa de la Seudorrepública, a pesar del pesado lastre social que significaba la política intervencionista del imperialismo y los ultrajes y latrocinios de sus servidores internos, se lograron reformas en el sistema de enseñanza que permitieron el desarrollo de un movimiento científico progresista en el cual surgieron y se destacaron figuras eminentes como fueron Ángel A. Aballí, forjador de una sólida escuela cubana de pediatría; Francisco Menocal, Domínguez Roldán y Joaquín Albarrán, continuadores de una fuerte tradición quirúrgica; Guiteras, Tamayo, Figueredo, Ortega Bolaños y Castillo Martínez que elevaron la dimensión de la clínica en sus servicios, Eusebio Hernández difunde y enriquece las más modernas técnicas de la obstetricia; Kourí, Basnuevo y Sotolongo enriquecieron con sus investigaciones la parasitología médica; y muchos otros aportaron lo mejor de sí a lo largo y ancho del país.

Con el triunfo de la Revolución, que proclama como uno de sus principios fundamentales la erradicación de la ignorancia y la universalización de la enseñanza, se sientan las bases sólidas para la superación cientificotécnica de las diferentes esferas de la sociedad y dentro de ello las ciencias médicas con particular atención.

La extensión a todas las provincias de los Centros de Enseñanza Superior de Ciencias Médicas, la constitución del Destacamento Carlos J. Finlay, la proclamación del objetivo de convertir a Cuba en potencia médica mundial, el desarrollo exitoso de los programas de atención a diferentes problemas de salud por niveles de asistencia, los planes de trasplantología, la creación de centros de Ingeniería Genética, Biotecnología e Inmunología, la obtención y producción de nuevos elementos fármaco-terapéuticos, la introducción de modernas líneas de equipamiento, en algunos casos autóctonos y la incorporación a la vida nacional de importantes movimientos como los Forum de Ciencia y Técnica, son elementos que avalan lo anterior. En este marco son destacables la consagración de miles de personas "viejas y jóvenes, que pudiéramos simbolizar en figuras como Orfilio Pelaez, Rodrigo Álvarez Cambra, Concepción de la Campa y sus grupos de trabajo del Instituto Finlay; Limonta y sus jóvenes científicos, que como Don Tomás Romay con la viruela, ofrecieron sus organismos para validar experimentos inmunológicos; los jóvenes santiagueros que en Biofísica, convierten sueños en realidad a pesar de los pocos recursos; o aquéllos, a veces ignorados, que en el aula, el laboratorio o la sala trabajan en la formación de las nuevas generaciones.

Esta es, en apretada síntesis, la esencia del decursar científico de la medicina cubana, donde la vocación, la consagración y la lealtad han marchado de la mano.

Patriotismo y espíritu de sacrificio
Transcurrían los años correspondientes a la séptima década del pasado siglo y crecían las inquietudes libertarias en las clases terratenientes e intelectuales cubanos, que habían seguido de cerca los acontecimientos derivados de los movimientos independentistas del centro y sur de América y recogían las proyecciones de las revoluciones en Europa y Norte América donde habían surgido nuevas formas de gobierno y ansiaban para la Isla un mejor futuro como nación independiente. Los intentos conspiradores se sucedían y generalizaban en todo el país, ganando particular fuerza en los departamentos orientales.

Entre los grupos que se formaron, los profesionales de la medicina desempeñaron una función relevante, manifestándose innumerables ejemplos de hombres y mujeres que desdeñando cómodas posiciones y riquezas marcharon a la manigua o vivieron la inquietante y peligrosa zozobra de la conspiración clandestina durante muchos años.

Entre ellos, cabe destacar las figuras del doctor Félix Figueredo, primer médico insurrecto al alzarse en armas 24 h después del Grito de la Demajagua en tierras de Jiguaní al frente de decenas de hombres y que desempeñó una importante función al lado de los principales jefes militares de la primera gesta, particularmente de su amigo Antonio Maceo, con quien compartió como ayudante personal la gloriosa página de la Protesta de Baraguá6 llegando a alcanzar los grados de General de División; los Hermanos Antonio y Guillermo Lorda Ortegosa, villareños, médico y farmacéutico respectivamente, que marcharon al frente de las tropas de Las Villas hacia Camagüey para participar en la constituyente de Guáimaro, donde Antonio fue designado representante de ese territorio, mientras Guillermo regresaba a su tierra natal para el combate, y cayó con grados de General de Brigada al inflingirse una herida con su arma y con ello impedir que lo llevaran prisionero a Sta Clara, a donde había jurado no volver vivo mientras Cuba no fuera libre. Los hermanos Antonio y Emilio Luaces Iraola, de rico abolengo camagüeyano estudiaron en Estados Unidos y allí combatieron en la guerra de Secesión contra la esclavitud, regresaron a Cuba en la expedición del Buque "Perrit" en 1869, y combatieron junto a los generales norteamericanos Jordan y Henry Reevés.

Antonio se une más tarde al EM del Generalísimo Máximo Gómez y forma parte del Gobierno en Armas hasta su aprisionamiento y ejecución, y Emilio logró participar en la guerra del 95 y muere durante la Pseudorrepública en 1910, de él diría Ramón Roa, "ya descansa el que a galope recorría un extenso territorio para vendar un herido o aliviar sin drogas un dolor".7

En la guerra de los Diez Años, estos ejemplos se multiplicaron con la participación de más de 300 hombres y mujeres de la medicina, de los cuales 38 obtuvieron altos grados militares.

Tal vez estos elementos, unidos a la ebullición política que se vivía en el país y que se reflejaba también en la juventud universitaria, llevaron al gobierno colonial a crear la farsa de la profanación de la tumba del periodista Castallón y con ello juzgar a 45 estudiantes de Medicina en 1871, de los cuales 8 fueron vilmente ejecutados y 35 condenados a diversas penas y destierros. Es de señalar que con el decursar de los años, 13 de ellos se incorporaron a las tareas independentistas.

Al iniciarse el 24 de febrero de 1895 la guerra necesaria de José Martí, es mayor aún la participación en esta nueva gesta, y a muchos de los hombres del 68, se unen nuevas y jóvenes figuras como los doctores Joaquín Castillo Duany, Juan Bruno Zayas y Alfonso, Emilio Núñez, Fermín Valdés Domínguez y otros que harían interminable esta relación. Fue significativa la participación de la mujer cubana, con relevancia particular en la doctora Mercedes Sirvén y la enfermera Isabel Rubio que prestaron valiosos servicios a la causa independentista.

Como ocurrió con las principales figuras político-militares de esta etapa, el pensamiento independentista cubano, ceñido en sus inicios a la lucha contra la metrópoli española, amplió sus horizontes ante la incipiente amenaza que ya se avizoraba de una nueva colonización por parte de la joven potencia imperial que nacía en el vecino país del norte.

Nuestras ciencias médicas sintieron sobre sí el primer zarpazo, al mantenerse por más de 15 a los intentos de usurpar los descubrimientos de Finlay, y por ello los más conocedores de los movimientos y tendencias políticas del mundo mostraban su oposición a cualquier claudicación o dádiva al poderoso vecino a cambio de su ayuda.

Es ejemplificante en este aspecto que resaltamos la actitud asumida por el brillante patriota y científico cubano doctor Francisco (Panchon) Domínguez Roldán, coronel del Ejército Libertador, cuando al recibir en el norte de Matanzas una expedición conducida por el General Enrique Collazo y escuchar de boca de algunos expedicionarios que los Estados Unidos han ofrecido su mediación para acabar la guerra a través de la compra de la Isla responde airado "No nos estamos sacrificando para cambiar una esclavitud por otra: Esta vez el pueblo está con nosotros y Venceremos".8

La semilla sembrada en las guerras de independencia del pasado siglo, germinaron en las generaciones sucesivas, de las que muchos hombres y mujeres de las ciencias médicas se pusieron al lado de los más puros intereses de la nación y desde variadas posiciones combatieron a los gobiernos entreguistas y proimperialistas de la época, utilizando inclusive las tribunas de los colegios médicos y otras instituciones. Actitudes como la del doctor Gustavo Aldereguía, insigne profesional que valientemente atendió en los duros días de la huelga de hambre a Julio Antonio Mella, el doctor Mario Muñoz Monroy que se deshizo de valiosos bienes personales para integrarse a la avanzada de la generación del centenario y dar su vida en el asalto al Cuartel Moncada no fueron meras excepciones, y sí premisas para que en el desarrollo de nuestra última y definitiva guerra de liberación cientos de médicos, estomatólogos, enfermeros y otros trabajadores de la Salud integraron las gloriosas filas del Ejército Rebelde o arriesgaran sus vidas en la peligrosa incertidumbre de la Clandestinidad, curando heridos y enfermos, acopiando recursos e incluso dirigiendo y ejecutando acciones combativas.

Estas auténticas manifestaciones de patriotismo estuvieron, como es de esperar, acompañadas de una alta dosis de sacrificio. A la renuncia voluntaria de comodidades personales, se unió una estoica convicción de sacrificar hasta la vida en aras del deber, doloroso privilegio que corresponde por primera vez en nuestra historia al joven médico santiaguero Sebastian Amabile, el cual apenas desembarca por las costas del norte de Oriente cae gravemente herido en el rostro cuando desde su caballo arengaba a las tropas mambisas y en medio de un largo sufrimiento de 13 d, con ambos ojos perdidos, fue capaz de pedir a su compañero Antonio Luaces que atendiera a los otros heridos para que continuaran combatiendo, lo cual valió que nuestro Apóstol dijera "Llame Usted Vil al que no llore por Sebastian Amabile" cuando leyó el relato sobre su muerte."9

Los rigores de las enfermedades y privaciones de la manigua conocieron de casos como el del doctor Federico Inchaustegui, General de Brigada en las huestes del Mayor General Bartolomé Masó, quien gravemente enfermo y con avanzada edad prefirió morir en los campos insurrectos de la región de Manzanillo que ser evacuado, pidiendo incluso antes de fallecer que las descargas militares en su honor se dispararan contra el enemigo (Vidal Ramos JL. El general Federico Inchaustegui y su obra. Ponencia al X Forum de Ciencia y Técnica. 1985). El doctor Domínguez Roldán, quien por más de 60 días arrastró prácticamente sólo una peligrosa malaria en su hospital de la Ciénaga de Zapata para no abandonar a sus heridos.

Isabel Rubio, valerosa enfermera pinareña que enfrentó las balas españolas antes que delatar y entregar sus compañeros heridos; los hombres que junto a Camilo y Che sufrieron las penurias de una larga marcha invasora sin abandonar sus deberes, y tantos otros, que en extraordinario y a veces ignorado holocausto, se entregaron a la Patria.

Solidaridad y humanismo
El concepto de solidaridad hay que valorarlo en la medicina en 2 vertientes principales, aquélla que se ejerce hacia una comunidad, un pueblo, una causa o un colectivo, y la que se ejerce directamente al semejante, de forma personal, en ocasiones íntima y más cerca de la espiritualidad propia del ser humano. Ella, en ambas condiciones forma parte de la ética y conducta de pueblos y personas y es un reflejo de la formación, hábitos, costumbres, tradiciones y cultura.

La medicina, ejercida con vocación, es una de las ramas del saber que más campo ofrece para desarrollar esta cualidad, que de estar ausente la despoja del sentido profundamente humanista que su propia concepción exige.

En Cuba existe una larga tradición en este sentido, cuyas raíces podemos situar en 1863 cuando el joven camagüeyano Antonio Luaces Iraola se incorpora al Ejército Federal del Presidente Abraham Lincoln, que en aquel momento defendía las ideas más progresistas en la Unión Americana, sirviendo en el Cuerpo de Sanidad donde alcanzó los grados de Coronel.

Era tal su vocación solidaria, que una vez terminada la guerra de Secesión marchó a España para participar en la revolución que derrocaría la monarquía antipopular de Isabel II.

En aquella etapa, también nuestro país fue receptor de la solidaridad de combatientes hijos de otras tierras y junto a valerosos hombres del norte, centro y Sudamérica, participaron en nuestras luchas médicos como el doctor Clarence Tinker, norteamericano que por breve tiempo prestó servicios en el Camagüey insurrecto.

El destacado médico y patriota puertorriqueño Ramón Emeterio Betances que desde la guerra de los Diez Años y durante mucho tiempo prestó grandes servicios a la causa cubana.

Estas manifestaciones hacia otros pueblos alcanza mayor vigor en el presente siglo con el surgimiento de ideas socio-políticas más avanzadas que permiten al hombre ampliar su horizonte viviente y sentirse por ello más universal. En nuestro país se recoge el primer antecedente de participación masiva con la constitución de las Brigadas Internacionales que parten en la década de los 30 a combatir en defensa de la República Española contra el falangismo fascista, y en ella la medicina está representada por el doctor Luis Díaz Soto, Capitán del Batallón "Lincoln" de la XV Brigada Internacional, profesional honesto que abrazó desde muy joven la ideología de la clase obrera.10

Fue precisamente el triunfo de las ideas nazifascistas y falangistas en varios países de Europa quien dio paso a la II Guerra Mundial durante la cual, en las filas de los ejércitos aliados, participaron hombres de nuestra medicina, siendo ejemplo de ello el doctor René Vallejo Ortíz, quien sirvió en el Ejército de EE.UU. y dirigió al terminar la contienda la atención médica en campos de concentración en Alemania. Este insigne galeno varios años más tarde fue Comandante médico de nuestro Ejército Rebelde hasta su muerte.

Con el triunfo de la Revolución las ideas de solidaridad alcanzan una superior dimensión, pasando a formar parte de la cultura política y humanística del país. Cuba, receptora del apoyo de los pueblos del mundo, es a su vez fuente de aliento espiritual y material de los que lo necesitan.

Durante años, combatientes, constructores, maestros, ingenieros, artistas, deportistas y otros, han marchado a otras tierras del mundo a dar su aporte. En ello, la medicina ha desempeñado una función relevante, y parten nuestros hombres y mujeres a aliviar las penas de los afectados por desastres en Perú, Nicaragua, México, Armenia, y otros; a luchar contra las enfermedades propias del subdesarrollo en más de 30 países del tercer mundo; a combatir y curar las heridas de los que luchan por la liberación definitiva en más de 20 países de América, África y Asia, a llevar la educación médica a pueblos recién salidos de la colonización, o a aportar nuestras experiencias y logros en la prevención de enfermedades.

¡Como no habría de ser así, si tenemos tan cerca las enseñanzas de Fidel y el ejemplo imperecedero del Che!

Estas actitudes, que demostraron fuerza de convicción, han estado acompañadas de un elemento consustancial al bien hacer de la medicina como es el humanismo, conceptualmente alejado del término caridad o benevolencia, que supone acción por y para gratitud, y si asociado a las más profundas enseñanzas martianas que predican fraternidad, igualdad y altruismo al decir "Es bella la fraternidad humana".

Esta vocación humanista se demuestra tempranamente en la vida y obra de Romay, cuando en permanente exposición personal al contagio permanece aliviando y curando a cientos de afectados por la fiebre amarilla y el cólera en las epidemias habaneras de fines del siglo XVIII y principios del XIX; en la actitud de los médicos mambises que al decir del periodista norteamericano O'Kelly, al visitar los campos insurrectos del 68 "... Trataban de aminorar los sufrimientos de los pacientes careciendo de muchas medicinas... y tan cierto es esto que el soldado cubano está íntimamente convencido de que mientras él respire nunca será abandonado..."11 en la brava labor de Finlay luchando contra la incredulidad, desconfianza y envidia de muchos para demostrar sus descubrimientos en aras de librar a la humanidad del cruel azote de la fiebre amarilla; de los trabajadores de la Salud que con su propia sangre salvaron la vida de decenas de heridos en los terremotos de varios países, hecho éste multiplicado por la Brigada Médica de Eritrea durante la guerra de Etiopía; del inolvidable ejemplo del médico reservista Galván Soca, que mal herido durante 7 d en la heroica batalla de Cangamba en Angola, asistió a sus compañeros hasta exhalar su último aliento.

Es en definitiva el humanismo de los trabajadores del humilde hospital santia-guero que en la primavera capitalista de 1956 veían morir impotentes hasta 17 niños diarios por gastroenteritis y desnutrición o el de Fidel cuando lloraba al abrazar al mutilado niño vietnamita en las selvas combatientes de aquel país.

Iniciativa y creatividad
Otra importante característica de nuestra medicina ha sido la existencia en sus practicantes de una elevada dosis de iniciativa y creatividad, mostrada en lo fundamental en la necesidad de dar respuesta a la problemática de salud de una población carente de los recursos económicos indispensables para obtener por otras vías la solución de sus problemas, y al mismo tiempo como una consecuencia del espíritu de búsqueda e investigación al que hicimos referencia anteriormente.

Es en los propios inicios de la colonización de la Isla y más de 110 a antes de la creación de la primera Escuela de Medicina, que el Cabildo de Santiago de Cuba autorizara a la curandera india Mariana Nava a ejercer la medicina, ya carente la región de algún tipo de médico, esta mujer que al parecer atesoraba los conocimientos en esta materia de su pueblo aborigen, daba solución a los problemas más frecuentes que se presentaban.12 Al igual que la Nava, muchos hombres y mujeres ejercían este tipo de medicina empírica y primitiva a lo largo del país. Es bueno recordar, que aunque no tenemos elementos documentales capaces de enriquecer nuestro conocimiento al respecto, se conoce que los primeros habitantes de Cuba, los aborígenes, desarrollaron diversos métodos terapéuticos naturales o rudimentarios para tratar afecciones de piel, digestivas, respiratorias, traumas y fracturas, etcétera.13

Con el decursar del tiempo, al iniciarse los estudios de medicina en Cuba, junto a los egresados de la Escuela Nacional se integraron a instituciones hospitalarias y de otro tipo los criollos que estudiaban en el extranjero y los médicos peninsulares que en número creciente se presentaban en la Isla al huir muchos de ellos con el Ejército Español que abandonaba las perdidas colonias de Sur América. Esta integración de diferentes fuentes enriquecía el ejercicio de la medicina que llegó a ser avanzado para su época y cuyo horizonte se ampliaba con las iniciativas que surgían en los coloquios de su tiempo en la primera Academia de Ciencias a la que hicimos referencia.

El desarrollo de esta cultura permitió al médico cubano enfrentar, una vez comenzada la gesta libertadora, la aguda escasez de recursos para atender a heridos y enfermos, dándose inclusive los primeros pasos de lo que hoy llamamos medicina alternativa como lo demuestran hechos como el siguiente, recogido de los relatos sobre la vida del Coronel Domínguez Roldán:

"Siempre falta la quinina y, a menudo, las demás medicinas. Debe buscar unos sustitutos; ayudado por unos guajiros, aprende el valor de las plantas herbáceas. Sobrepone su desconfianza ya que sus sentimientos personales de hombre científico no deben influenciar su razón, lo primero es hallar una cura para sus enfermos. Al enfrentarse con un principio de paludismo utiliza purgantes de saúco, piñón de botija, manzanillo, guaguasí, frailecillo, salvadera y nogal de la India; si necesita un vomitivo, usa el yaracoco o lirio, el ictamo-real. Cuando escasea la quinina utiliza la aguedita en extracto de hoja de corteza en forma pilular en infusiones -el eucalipto, la raíz de limón, la lengua de vaca. El arsénico, asociado con hierro, los baños y el cambio de lugar son efectivos, aunque no siempre posibles. Contra los infartos hepáticos y esplénicos da un revulsivo de tintura de iodo, a veces hojas de cambur o lagaña de aura, machacadas".14

Ejemplo como éste se multiplicarían a lo largo de nuestras luchas y de la penosa vida de nuestro pueblo durante la Seudo-república y son experiencias, que hoy, enriquecidas por un estudio científicamente fundamentado nos han servido para desarrollar ésta y otras formas de medicina natural y tradicional y con ello aliviar las escaseces que el cerco imperialista nos impone.

Al igual que el pensamiento médico, ha sido también creativo el pensamiento político para dar respuesta a la problemática de salud del país, y lograr no solamente la solución de la situación deplorable heredada del capitalismo y denunciada por Fidel en La historia me absolverá, sino situar a Cuba en el privilegiado grupo de naciones con mejores índices en esta esfera a nivel universal.

Pruebas fehacientes de esta afirmación fueron la respuesta al éxodo de profesionales en los primeros años de la Revolución, cuando el 50 % que se puso al lado de la causa del pueblo, permitió no sólo la continuidad de la asistencia y docencia sino que amplió su esfuerzo a todo el país permitiendo la multiplicación de unidades con presupuesto estatal; la creación en 1960 del Servicio Médico Rural que permitió llevar la medicina por primera vez en nuestra historia a los más recónditos rincones de las serranías, trasmitiendo junto con las leyes agrarias un primer aliento de esperanza a nuestro campesinado.

Mas recientemente, la extraordinaria visión de nuestro Comandante en Jefe, provocaba el parto de una obra sociomédica única en el mundo al nacer el médico de la familia, sustrato esencial de la medicina comunitaria con importante repercusión en la promoción, fomento y restitución de la salud de la población, lo cual, unido a la multiplicación y perfeccionamiento de los niveles secundarios y terciarios de atención ha creado firmes bases al propósito de la potencia médica.

Esta gigantesca obra ha sufrido las consecuencias derivadas del necesario período especial, y en su mantenimiento y reanimación ha sido decisiva la participación de médicos, estomatólogos, enfermeras, técnicos y otros, que mediante innovaciones, propuestas, recuperación y sustitución de medios han constituido una importante fuente de enriquecimiento de los movimientos de la ANIR y otros en los Forum de Ciencia y Técnica.

Por todo lo anterior, considerando que aún en momentos de reanimación económica nuestro país seguirá dependiendo durante algunos años de extraodinarios esfuerzos para mantener sus conquistas sociales, estas cualidades: iniciativa y creatividad, deben seguir siendo pilares de nuestro trabajo.

Consideraciones finales
Nuestro país enfrenta en la actualidad una de las situaciones más complejas y peligrosas, cuando a la decisión manifiesta de la inmensa mayoría de mantener a cualquier precio la dignidad y soberanía alcanzadas, se opone la codicia del imperialismo más poderoso de la historia reanimando su secular vocación de mantener colonizada la Isla.

El diferendo se ventila hoy, como nunca antes, con las armas de la ideología, y nuestros enemigos, alentados por la derrota temporal de las ideas del socialismo en Europa, la claudicación de muchos revolucionarios en todo el mundo, la deserción y desmoralización de algunos elementos internos y las innegables penurias que la situación actual impone a nuestro pueblo, se dispone a librarla, y junto con un brutal incremento en su bloqueo y agresión económica, mueve los hilos del llamado Carril II, tratando de reblandecer con su penetración a algunos, si no somos nosotros capaces de convencer y luchar con las vastas armas que las realidades históricas de ayer y de hoy nos han entregado.

En esta lucha, particular importancia hay que prestar a las nuevas generaciones y a aquéllos que intervienen en su formación, ya que son objeto principal de las declaradas intenciones imperialistas de lograr un "cambio" en la línea revolucionaria de nuestro pueblo, y es que estas nuevas generaciones no conocieron, y por tanto no sufrieron en carne propia las consecuencias de aquella sociedad egoísta y deshumanizada, en la cual, solamente refiriéndonos al campo de la salud, resumiríamos su situación en palabras de Fidel al inaugurar el 17 de octubre de 1962 el Instituto de Ciencias Básicas y Preclínicas "Victoria de Girón" al expresar:

"(...) La situación sanitaria era realmente espantosa: en todas las montañas del país no había un solo médico, no había un solo hospital, un solo dispensario; la mortalidad infantil era elevadísima; no existen cifras confiables, se supone que era más de 60 por cada 1 000 nacidos vivos.

Pero si consideramos la situación de los campesinos y, sobre todo, de los que vivían en las montañas, no sería exagerado decir que morían más de 100 por cada 1 000 nacidos vivos cada año. Recordamos epidemias de gastroenteritis, de tifus y otras calamidades que realmente costaban la vida cada año de miles de niños campesinos".15

Por otro lado, no es ajena a esta situación en las últimas décadas determinadas debilidades en la enseñanza de la historia, deficiente trasmisión generacional de experiencias y la pobre enseñanza, junto a los más modernos elementos de instrucción técnica, de los valores cívicos, morales y éticos de nuestra nacionalidad. Sería falso negar que en estas circunstancias no son pocas las manifestaciones de duda y hasta indiferencia hacia algunos valores sociales fundamentales por una parte de la población.

Y es sin duda alguna la juventud quien carga sobre sí la inmensa responsabilidad de lograr la continuidad o no del extraordinario proyecto social por el que más de 100 a hemos luchado, constituyendo como certeramente señaló el Che, en su inolvidable Carta Alegato "El Hombre y el Socialismo en Cuba."

"La arcilla moldeable con que se puede construir el hombre nuevo, sin ninguna de las taras anteriores,"16 a lo cual nosotros agregamos, si somos capaces de construirlo.

En el caso particular de las ciencias médicas, por la importancia sociopolítica que representa su actividad, el trabajo educativo desempeña una importante función en la formación de su hombre nuevo. Fidel, en el acto de constitución del Destacamento Carlos J. Finlay, el 12 de marzo de 1982, nos entregaba un concepto vital sobre nuestro trabajo y su proyección:

"(...) Es muy grande la responsabilidad que tiene un maestro y un profesor; pero es, sin duda, muy grande la responsabilidad que tiene un trabajador de la Salud y la responsabilidad que tiene un médico. Porque es que el médico tiene que ver con la vida humana, la salud humana; sobre el médico cae la inmensa, la infinita responsabilidad de cuidar la vida de los seres humanos: de un niño, de un anciano, de un joven, de un adulto, de una mujer, de un hombre, que se pone en sus manos para aliviar un dolor, para aliviar una enfermedad o para preservar la vida.

"Es difícil concebir una responsabilidad, mayor que la del trabajador de la Salud y la del Médico (...)"17

Para lograr ese hombre, ese profesional, ese trabajador, el país ha situado todos los recursos necesarios y el propio Fidel nos ha indicado las premisas de su formación integral cuando planteó en la clausura del Claustro Nacional de Profesores de Ciencias Médicas el 17 de abril de 1983 lo siguiente:

"Nosotros somos del criterio, y lo seguiremos siendo, de que con el Destacamento hay que ser muy exigente. Hay que ser exigentes con todos."

"Y yo se los expliqué bien cuando me reuní con ellos, que íbamos a ser muy exigentes con ellos, que les íbamos a exigir mucho en todos los sentidos, no sólo en la disciplina sino también en los estudios. Y creo que hay calidad humana y calidad revolucionaria en esos jóvenes para poder seguir con esta política de exigencia."

"Esto será fuente de seguridad, de tranquilidad, de bienestar para nuestro pueblo, y será fuente de orgullo para nuestra patria cuyo prestigio en el campo de la medicina crece día a día. Pero lo fundamental para lograr estos propósitos está en el trabajo de ustedes. Y esa idea, esa conciencia, priorizada, es la que quiero que ustedes lleven de regreso a los institutos, a las facultades y a las provincias."

Con estos elementos, consideramos que estamos en condiciones de intensificar nuestro quehacer educativo y entregar a la Patria lo que de nosotros espera en estos momentos.

Las armas para el combate son los 4 pilares que han caracterizado a nuestra medicina y si sabemos erguirnos sobre ellos, para honrarlos y enaltecerlos, lograremos sin duda los objetivos trazados de ganar la batalla del futuro, asegurando el presente.

Summary

An investigation with historical character based on bibliographic reviews of different types was made to study the roots and development of medical sciences in Cuba and its relationship with the sociopolitical activity and the emergence of the Cuban nationality. The fundamental qualities that have characterized it and its deep relationship with the present situation of our country were established. It was stressed the need to convey this knowledge to our professionals and students aimed at strengthening the educative and ideological work with them.

Subject headings: HISTORY OF MEDICINE; ETHICS, MEDICAL; CUBA.

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17. Castro Ruz F. Discurso constitución destacamento Carlos J. Finlay. Ediciones Ote. Marzo 1982;41-5.Recibido: 29 de abril de 1998. Aprobado: 1 de octubre de 1998.

Tte. Cor. Juan F. Ortiz Estrada. Instituto Superior de Ciencias Médicas de Santiago de Cuba.

1 Especialista de I Grado en Medicina Interna y Administración de Salud.