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Análisis Político - Reflections on cuban dissidence

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Análisis Político

Print version ISSN 0121-4705

anal.polit. vol.22 no.67 Bogotá Sept./Dec. 2009

 

Reflexiones sobre la disidencia cubana

Reflections on cuban dissidence

Vincent Bloch
Vincent Bloch es doctorando en sociología en la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales de Paris, bajo la dirección de Daniel Pécaut. Traducción Alberto Valencia Gutiérrez, Profesor Universidad del Valle de Cali Colombia.


RESUMEN
Desde la represión de la primavera del 2003, la prensa internacional convirtió a los disidentes en el tema central de la actualidad cubana. Desde el exterior, pareciera que la influencia de éstos en la "sociedad civil" es real y que representan el futuro democrático. Sin embargo, la radical brutalidad que cayó sobre estos opositores, calificados por el régimen como "mercenarios al servicio del imperio", no constituye el único obstáculo a su movimiento. La manera como fueron ignorados y fagocitados sólo se puede entender describiendo el contexto de una sociedad sumergida en el universo opaco de la lucha, el peso de un imaginario social obsesionado por la "intriga" y el trabajo de la propaganda oficial. Incluso los registros políticos en los cuales se inscriben comparten con la matriz castrista una cultura arraigada en la historia nacional que celebra las virtudes de la homogeneidad, de la unanimidad y del elitismo ilustrado.
Palabras claves: Cuba, disidentes, cultura política, normas, totalitarismo.


SUMMARY
Since the raids of Spring 2003, the international press has put dissidents in the forefront of news about Cuba. From the outside, one might believe that the dissidents have a strong grip on "civil society" and that they represent the democratic future. However, the radical brutality that broke out over these opponents, who the regime describes as "mercenaries at the Empire's service," is not the only dimension hindering their movement. We cannot understand the manner in which they have been ignored and engulfed without reconstructing the context of a society deep within the opaque universe of the "lucha", the weight of a social imaginary obsessed by "intrigue," and the effect of official propaganda. The political registers in which they are inscribed also share with the Castrist matrix a culture rooted in long-term national history, which exalts the virtues of homogeneity, unanimity and enlightened elitism.
Key words: Cuba, dissidents, political culture, norms, totalitarianism.


INTRODUCCIÓN

Entre el 18 y el 22 de marzo de 2003, 27 periodistas independientes y 51 militantes de derechos humanos, opositores pacíficos del régimen castrista y promotores de un proyecto de "transición democrática", fueron detenidos en La Habana y otras provincias de la isla de Cuba.

La "represión de la primavera de Cuba" conmocionó al mundo entero: el Vaticano, la Unión Europea, los Estados Unidos, partidos de todas las orientaciones, organizaciones (Amnesty International), congresistas, personalidades e intelectuales produjeron múltiples condenas; al mismo tiempo se organizaron manifestaciones regulares frente a las embajadas cubanas, principalmente en Madrid y París. No solamente la indignación internacional jamás había llegado a ser tan amplia, sino que los disidentes que aún seguían libres interpretaron la ola represiva como el estertor de un régimen moribundo. Sin embargo, ¿cómo no preguntarse si estos mismos acontecimientos fueron vividos en las mismas temporalidades e interpretados por la población en la misma dimensión simbólica y a través del mismo imaginario político y social?

El generoso liberalismo que inspira el buen sentido hace de la democracia y de sus valores la referencia evidente de cualquier ciudadano que viva bajo la opresión de un régimen totalitario o autoritario. En esta visión, el reconocimiento y la aceptación de lo social como lugar de la heterogeneidad, el anclaje democrático de cualquier opositor a un tirano (siempre y cuando hable el lenguaje de los derechos humanos y de la libertad) y, por ello mismo, el apoyo y la admiración (incluso silenciosos) que sus conciudadanos oprimidos abrigan con respecto a él, hacen parte de aquello que se puede llamar "taken for granted"1(1). Por lo demás, esto es lo que sugiere la fórmula "primavera de Cuba", elaborada en las redacciones de los grandes periódicos del "mundo libre": los disidentes encarnan la democracia en Cuba y son idolatrados por la población, que vive su detención como el gran acontecimiento del momento.

Ahora bien, este análisis desestima pura y simplemente lo que es, al mismo tiempo, un principio constitutivo y una consecuencia de la experiencia totalitaria, es decir, la manera a través de la cual el sentido de la realidad, la percepción de la realidad y todo lo que tiene que ver con el "taken for granted" ha sido reelaborado en el transcurso de los últimos cincuenta años. La experiencia social, bajo la revolución cubana, ha estado vinculada con el hecho de vivir en un país aislado de todo contacto directo con el mundo exterior, en el que la élite revolucionaria dispone del monopolio de la prensa y del discurso histórico nacional, elabora su política en secreto, calla o deforma lo que ocurre en la Isla; y en el que los azares de la legalidad socialista y las prácticas que permiten violarla han permitido la creación de normas de comportamiento complejas y ambiguas...

Desde 1959 todo el poder de adoctrinamiento del régimen castrista se ha desplegado de una manera tal, que ha permitido arraigar una reinvención de la historia, cuyos avatares, al ser reformulados, remiten cualquier cosa que sea a un pueblo en lucha, víctima de los poderosos, en el corazón de un mundo en el que dominan la intriga y el misterio. Al mismo tiempo que el aislamiento del universo revolucionario favorece cada vez más la transposición de la realidad a esa ficción, el análisis de sentido común y los espacios necesarios para su elaboración se han sumergido en la opacidad y han sido barridos por la ideología castrista, un sistema absoluto de leyes objetivas, que ha llegado a imponerse insidiosamente como único referente y como única alternativa frente al carácter incoherente y caótico de la realidad. Hanna Arendt, al hacer referencia a la fuerza de atracción de la propaganda promovida por los movimientos totalitarios que buscan la conquista del poder, insiste en el hecho de que "las masas se niegan a reconocer (...) el carácter fortuito con el cual se encubre la realidad (...) y están predispuestas a todas las ideologías puesto que éstas explican los hechos como si fueran simples manifestaciones de unas leyes y eliminan las casualidades gracias a la invención de un poder supremo y universal que se supone se encuentra en el origen de todos los accidentes"2. Más allá de la realidad represiva del régimen, que la población conoce mejor que cualquiera, hay que restablecer, pues, el juego sutil de la propaganda castrista, tal como se inserta en el sentido de la realidad, forjado en el contenido de la vida cotidiana.

Por lo demás, "el análisis periodístico de la represión de la primavera de Cuba" ignora totalmente el peso del imaginario político y de la cultura política tal como éstos se pueden observar en el tiempo largo de la historia cubana y se reformulan en el período actual. En su obra Isla sin fin, el historiador cubano Rafael Rojas3 analiza la formación de un discurso mesiánico, elaborado por los intelectuales del período republicano (1902-1959). Estos últimos, de Cristóbal de la Guardia a José Lezama Lima y Cintio Vitier pasando por Jorge Mañach, crearon el mito de una nación forjada por los grandes pensadores de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX (Varela, Arango y Parreño, Luz y Caballero, Saco...), que se convirtió en un proyecto político en José Martí y en el ideal independentista de los mambises (los miembros del Ejército de Liberación durante las dos guerras de independencia), se frustró en la República, y se encuentra a la espera de la realización de su destino. Esta "teleología" nacional ha sido recuperada por Fidel Castro quien, al presentarse como su encarnación, le ha agregado el eslogan de "Patria o Muerte".

Rojas muestra igualmente como, desde finales del siglo XVIII, existe una oposición entre una "racionalidad instrumental", encarnada en el liberalismo de Francisco de Arango y Parreño, y una "racionalidad emancipadora" encarnada en una tradición moral cubana, antimoderna y antiliberal, preocupada por preservar a Cuba de las influencias del mundo exterior y cuyos primeros representantes fueron José Agustín Caballero y Félix Varela. Rojas demuestra no solamente que esta segunda racionalidad ha tenido una primacía histórica, sino también que la visión de una nación débilmente unificada, compartida por todos los intelectuales, ha hecho de la unanimidad y de la homogeneidad los valores centrales de la cultura política. Así, el asunto es saber hasta qué punto los "disidentes" comparten el mismo imaginario y la misma cultura política que la élite castrista, y cómo este imaginario y esta cultura, ejercen por si mismos una influencia sobre la percepción que tiene la sociedad cubana de cualquier tipo de alternativa que se presente frente al régimen de Fidel Castro.

LAS TEMPORALIDADES DE LA EXPERIENCIA DURANTE LA REVOLUCIÓN CUBANA

La claridad cronológica con que han sido conocidos en el exterior los últimos acontecimientos que se han desarrollado en Cuba no tiene nada que ver con los puntos de referencia temporales que desde el interior podrían esclarecer su sentido.

El tiempo corto: guerra contra la droga y "apretazón"

La Historia de corto plazo, en el momento en que tuvieron lugar las detenciones en toda la Isla y, más en particular, en La Habana, estuvo marcada por una campaña de represión que comenzó a comienzos del año 2003. El 10 de enero, una nota oficial aparecida en Granma y Juventud Rebelde revela "la existencia de un incipiente mercado de estupefacientes que hay que combatir por todos los medios". Por primera vez el gobierno reconoce abiertamente la existencia de drogas en Cuba y promulga la Ley 232 que prevé el encarcelamiento y la confiscación de los bienes de los individuos a los que se encuentre en posesión de productos ilícitos. La "guerra contra la droga" es declarada y la Operación Coraza se confía a la Dirección Nacional Antidrogas que incrementa las operaciones espectaculares que se llevan a cabo con importantes efectivos y sobre las cuales se informa a la población a través de los medios. Algunos jíbaros –dealers-, ampliamente conocidos en sus barrios, son detenidos, se establecen duras penas contra individuos a los que se encuentra en posesión de una cantidad ínfima de marihuana o que se declaran culpables con base en una "convicción moral".

Sin embargo, rápidamente la satisfacción se esfuma y la operación aparece a los ojos de una gran parte de la población como un pretexto para perseguir la economía ilegal y el "enriquecimiento ilícito". Desde finales del mes de enero, la policía acosa sin pausa los pequeños vendedores de la calle (merengues, croquettes, sándwiches…), los vendedores ambulantes que van de casa en casa y edificio en edificio ofreciendo sus mercancías (huevos, café, jamón, pescado, ropa, herramientas...), los revendedores que operan desde su domicilio, los artesanos que no tienen licencia (peluqueros, masajistas...), los taxis clandestinos, las casas ilegales de huéspedes... Invariablemente, las mercancías son confiscadas, se imponen multas muy elevadas sin ninguna moderación y ciertos bienes de uso común (televisores, grabadoras, computadores, lavabos, vestidos, vajillas...) son decomisados a sus propietarios. Si éstos no pueden justificar su origen (compra en el mercado negro), o si no disponen oficialmente de ingresos suficientes para permitirse tales adquisiciones en las tiendas de recaudación de divisas, se supone que detrás de su posesión se encuentran actividades económicas ilícitas. De la misma manera, los inspectores de la Oficina Nacional de Administración Tributaria (ONAT) incrementan los controles contra los agentes de la economía privada que disponen de licencias. El no respeto por las normas de higiene (guantes, pinzas metálicas en las pequeñas cafeterías...), el origen fraudulento de ciertos productos (el queso o el jamón de las pizzas, la gasolina de los taxis...), la no tributación de ciertos servicios (casa que sirve de depósito para la mercancía de un artesano, vecino de la familia que ofrece desayunos a los turistas en una casa de huéspedes...), caen en la misma cohorte de las sanciones, que van incluso hasta el retiro de la licencia según el caso.

"Están apretando la jugada", es el comentario que se desliza en todas las conversaciones, acompañado de anécdotas provenientes de los últimos chismes de los que todo el mundo habla o de la última bola(2)"de fuente segura". Todas las actividades económicas ilegales, cualquiera que sea su naturaleza, son sancionadas y las penas de prisión se convierten en una forma de advertencia clara a la población: el "enriquecimiento ilícito" es el objetivo de la ola de represión.

La instauración del período especial: el tiempo del invento

En los últimos tiempos, la Historia de Cuba ha estado ligada a la instauración del "período especial en tiempos de paz", decretado por Fidel Castro en 1990, por analogía con una situación de guerra, y en el marco del bloqueo total de los Estados Unidos. Las penurias habían llevado a la sociedad a un estado de pauperización que se generaliza en el mismo momento en el que las nuevas formas de autorización parcial de las actividades económicas privadas, la despenalización de la posesión de dólares y el apogeo del turismo redefinen paradójicamente el período especial como un momento de auge de recursos. A partir de este momento, "la lucha" -el rebusque -se convierte en la dimensión central de la experiencia social: hay que resolver, desenvolverse, cuadrar, y finalmente alcanzar muchas cosas. Cada cual inventa el modo de captar recursos: el robo o el desvío de los bienes que pertenecen al Estado, los diversos tráficos y el mercado negro, la actividad privada con o sin licencia, la explotación de recursos acumulados en el pasado (alojamiento o vehículo de alquiler), la satisfacción de las necesidades de los turistas, la prostitución e, incluso, los atracos. La reorientación de los comportamientos económicos, propia de la marginalidad, llega a convertirse en la norma. No solamente todos los cubanos entran, de acuerdo con la etiqueta definida por el régimen, en la categoría de delincuentes, sino que las diferencias entre las transgresiones de unos y otros se borran.

La porosidad de las fronteras entre los espacios propios de los recursos compromete a los actores en una cadena de intermediación en la que los estigmas se nivelan, al mismo tiempo que se sobrepasan continuamente los límites morales que anteriormente permitían la diferenciación con respecto al bajo ambiente. Las necesidades materiales convierten las actividades de rebusque en una "lucha por los míos" y determinan una preeminencia de la lógica estratégica. Los cubanos ya se habían habituado durante los últimos quince años a recurrir a las actividades económicas más diversas y más alejadas de su ocupación profesional oficial o de su identidad social virtual, gracias a la manipulación, en diversos niveles del espacio social, en todas las formas posibles y bajo coacción, de los dobles registros, los engaños y las falsas apariencias. El acuerdo en el lenguaje -estamos en la lucha- no implica la definición de criterios de justicia, cuya construcción está sometida a una exigencia de incoherencia y cuya validez es, en el mejor de los casos, casuística.

La extrema confusión que resulta de allí recae no solamente sobre la identidad social real de los individuos y sobre la naturaleza de las actividades que desarrollan, sino también sobre el hecho de que los "delitos", una vez descubiertos, son evaluados más en referencia a su autor que a su naturaleza, ya que esta última se da por evidente e, incluso, es considerada "taken por granted": todo el mundo está a la búsqueda de un negocio o en la mira de hacer cualquier cosa en el momento en que la ocasión se presente. El "invento" (o la invención es en la sociedad del período especial (a la que se hace referencia en pasado en los discursos oficiales), una actividad genérica, que no tiene a este respecto un carácter secundario, ya que prácticamente todos los desvíos de la legalidad son interpretados como una lucha "por salir adelante". De allí la facilidad con la cual la propaganda castrista logra presentar un acto de oposición política como un vulgar invento o la contrarrevolución como un simple negocio. En este sentido no sobra insistir en el hecho de que los periodistas independientes percibían US $100 por mes y recibían muchas veces del extranjero sumas de varios centenares de dólares, cuando el salario medio equivale apenas a siete dólares mensuales. Además, en un país en el que salir del territorio es el deseo de la inmensa mayoría de la población, la intención, atribuida a los disidentes, de obtener una visa para los Estados Unidos, no les otorgaba ningún carácter especial. Al hacer la precisión de que sólo cuatro individuos habían recibido una formación en periodismo, Felipe Pérez Roque sabía también que de esta manera borraría las especificidades de los condenados. Además, el imaginario social del período especial hace a menudo del extranjero un ingenuo (gil, mareado o bobo) siempre listo a caer en la trampa o a "dejarse engañar" por la "cháchara" ingeniosa (la muela o el cuento) del cubano pícaro o jinetero. También es ingenioso, como forma de evocar esta imagen en el espíritu del "cubano de a pié", presentar a los disidentes como periodistas aprendices que describen para los extranjeros la delicuescencia de los derechos sociales, las penurias, la dificultad de alimentarse o la carestía de la vida, para recibir a cambio un puñado de dólares. En fin de cuentas, la gran empresa de confusión que opera la propaganda del régimen tuvo éxito gracias a la experiencia social del período especial, que hizo de los oponentes políticos simples negociantes o inventores en la tormenta del "apretazón" que golpeó al mundo de la droga y a los agentes de la economía ilegal.

De esta manera, la Historia reciente ha enseñado a la población que la lucha, tolerada de hecho desde la instauración del período especial, está sujeta periódicamente a olas represivas. La oposición brutal contra el "laisser-faire", pone de presente a los luchadores, inventores, merolicos ("traficantes") y macetas ("ricos") que la seguridad es un sentimiento que siempre les va a ser ajeno, ya que el poder controla las reglas del juego y puede de un solo golpe privar a grupos enteros de su capacidad estratégica. Sin embargo, las anteriores olas represivas (enero de 1996, enero de 1999, julio de 2001...) se calmaban, como ocurre con la ola a la que estamos aludiendo, y todo el mundo queda a la espera de que "la cosa ya no esté que arde", para regresar a una "actividad normal". El mercado negro, los tráficos y la economía ilegal existen por lo demás de manera significativa desde la aparición de las penurias y del racionamiento, a comienzos de los años 1960, y las repentinas "batidas" hacen parte de la rutina. Como de costumbre, estas campañas de represión son siempre la ocasión para reafirmar el compromiso con la revolución y la confianza en sus instituciones. Esta vez, la vigilancia latente de los Comités de Defensa de la Revolución(3) (CDR) ha sido reactivada durante la "segunda fase" de la Operación Coraza y ha permitido que las operaciones policivas se orienten hacia las personas que sobresalen por el incremento aparente de su nivel de vida, como en la época del Plan Maceta(4). En esta perspectiva, la detención de los disidentes sirve de "complemento" a las características de una "ola represiva", muy conocida por los cubanos, y que sólo en el extranjero es percibida con todas sus características de brutalidad.

El tiempo largo de la experiencia revolucionaria: la Patria en lucha

Aunque la temática del "complot" y de la "traición a la patria" suena surrealista para los países democráticos, no es menos cierto que su pertinencia política, anclada en el tiempo largo de la Revolución Cubana, es claramente más ambigua de lo que parece.

La revolución, encarnación histórica de un pueblo en lucha

Como escribe Rafael Rojas, "el nacionalismo revolucionario -mezcla efectiva de mitos (la "revolución inconclusa"), de esquemas ideológicos (la "justicia social"), de símbolos (Martí, Fidel)- no es una invención del castrismo, sino todo lo contrario: es un imaginario político, fuertemente arraigado en la cultura colonial y republicana, que facilita el engranaje de la revolución en 1959 y el establecimiento del régimen comunista en 1961"4. La "Primera República", cuyo espíritu democrático y liberal se borró rápidamente detrás del resurgimiento de las oligarquías locales y de las prácticas "caudillescas" heredadas de las guerras de Independencia, alimentó en numerosos intelectuales de la época el discurso de la "frustración republicana". Al describir amargamente, a la manera de un Jorge Manach, "las deficiencias del esfuerzo, de la organización y del ambiente", responsables de "la indiferencia frente a los ideales"5, estos intelectuales enunciaron, en el mismo movimiento, el mito de los eruditos de la época colonial, completamente absorbidos por la búsqueda de un destino nacional. Entre 1930 y 1950, estos mismos intelectuales forjaron el panteón nacional, eligieron la figura de José Martí como símbolo nacional, promovieron el culto que se rinde a los mambises, y escribieron la epopeya de las guerras de independencia6. Igualmente, exhumaron las teorías de José Martí sobre la revolución, la cual no necesariamente se realiza durante la independencia, sino que resulta más bien de un largo proceso, alimentado por la frustración de los ideales nacionales.

Este mesianismo revolucionario de Martí es releído, a partir de los años 1920, a la luz de las teorías marxistas leninistas, principalmente por Juan Antonio Mella, quien llama a la continuación de la "Revolución martiana"7. José Lezama Lima y Cintio Vitier, en los años 1940 y 1950, completan esta escritura de la Historia de la Nación cubana y de la conciencia de sí misma al hablar de una "teleología insular"8. Igualmente, cuando triunfa, el primero de enero de 1959, la Revolución democrática, cuyos diversos componentes están animados, al mismo tiempo, por el nacionalismo y por el liberalismo económico, y están ansiosos por establecer la justicia social, el civismo y la probidad moral y administrativa como normas del nuevo régimen, el imaginario colectivo de la teleología se realiza y la búsqueda del destino se pone en marcha. Sin embargo, en sólo dos años, entre 1959 y 1961, Fidel Castro elimina los componentes democráticos y liberales de la coalición revolucionaria, impone un viraje comunista y totalitario y, por consiguiente, puede reinventar y seleccionar los acontecimientos del pasado, comenzando por la lucha contra Batista entre 1952 y 1958. La aniquilación de la brigada 2506, que desembarcó en Playa Girón en abril de 1961, fue la ocasión para que Fidel Castro declarara que los principales dirigentes del Movimiento 26 de Julio habían sido siempre marxistas leninistas, pero que si se hubiera revelado en ese momento, la Revolución nunca habría triunfado. De esta manera, no solamente el parentesco entre la revolución de 1959 y el viejo Partido Socialista Popular -el antiguo Partido Comunista, que no tomó parte en la lucha contra Batista- podía ser establecida, sino que los historiadores del régimen podían también reescribir el periplo del nacionalismo marxista-leninista en la historia de Cuba. Desde ese momento, los manuales escolares, la prensa del régimen, los discursos de Fidel Castro y de los principales dirigentes, el trabajo de zapa de la jerga oficial del régimen (teque), se instalan en los intersticios de los discursos, encuadran el imaginario colectivo y difunden de manera uniforme las imágenes de la historia y de la Nación.

Sacando, pues, provecho de la tradición historiográfica nacional anterior a 1959, presentando de manera retrospectiva todos los problemas políticos y los movimientos sociales del país como organizados alrededor, por una parte, del nacionalismo y la independencia y, por otra, de la igualdad y de la justicia social, Fidel Castro eleva la revolución al rango de heredera de estos combates y forja la historia de Cuba bajo la imagen de un pueblo en lucha. A la manera del primer rebelde cubano, el cacique indígena Hatuey quemado por la Inquisición en 1512, la patria y su sentimiento adyacente se habrían construido en la aspiración a la libertad frente al yugo español, al precio de una lucha cuyo motivo central no soporta otra resolución que la victoria o la muerte. Igualmente la Revolución habría comenzado en 1868(5) cuando el "padre de la patria" Carlos Manuel de Céspedes libera a sus esclavos y desencadena la primera guerra de independencia, llamada "de los diez años". El verdadero progenitor de la Revolución sería el instigador de la segunda Guerra de Independencia (1895-1898), José Martí, muerto en combate en 1895. La mitología revolucionaria insiste siempre en sus diversos talentos de poeta, periodista y abogado y, de hecho, es el origen de un "socialismo humanista" basado en la educación de los ciudadanos y la equidad como criterio de justicia. Por ello, su sentido político sería la matriz del gobierno de Fidel Castro. Independentista, latinoamericanista y anti-imperialista, el "icono" de la Revolución pone al continente en guardia contra el apetito del monstruo. Todos los estudiantes en la escuela aprenden que el primer territorio de las Américas descubierto por Cristóbal Colón es también el último que logró la independencia, la cual le fue finalmente "arrebatada" por Estados Unidos. La explosión del navío americano Maine el 15 de febrero de 1898, en la bahía de La Habana, sirve como pretexto para una intervención del ejército americano. La flota española naufraga, la guerra termina el 10 de diciembre con la firma del Tratado de París, con ausencia de un delegado cubano. La República, proclamada en 1902, resulta de la enmienda Platt, que autoriza la intervención de los americanos en caso de disturbios políticos o de amenaza de sus intereses.

El poderío, la omnipresencia y el monopolio de esta visión de la Historia dejan poco lugar a sospechas y preguntas. La Historia habría mostrado hasta que punto la independencia nacional y la "conquista" de los derechos sociales han sido costosamente adquiridos, al mismo tiempo que siguen siendo amenazados y son susceptibles de desaparecer por intermedio de una artimaña de los poderosos, cuya gravedad no se podría menospreciar. "Los mercenarios al servicio del imperio" se encuentran a este respecto fagocitados al mismo tiempo por la génesis de la patria, la historia de un pueblo en lucha y el sentimiento de vivir en un edificio en peligro, mucho más allá de lo que ellos han podido hacer o no hacer.

La codicia histórica de los Estados Unidos

Más aún, la voluntad que se atribuye a los americanos de apropiarse de Cuba, bajo una forma u otra, es igualmente confirmada por una Historia repetida hasta la saciedad. Después de la "independencia arrebatada", la "república mediatizada" (1902-1958) ha sido, según la visión comúnmente admitida, el teatro de la explotación económica (comercial, agrícola, minera,), social (prostitución) y mafiosa (juego, violencia) de la Isla por el imperialismo norteamericano aliado de los títeres corrompidos y sin escrúpulos, que han dirigido el país con menosprecio del pueblo. Además, la propaganda revolucionaria recuerda en todo momento los intentos de derrocamiento, el terrorismo y la desestabilización de los que ha sido víctima el régimen desde su creación en 1959. Fidel Castro habría sido objeto de más de 600 intentos de asesinato por parte de la CIA y los "mercenarios" cubanos que intentaron en abril de 1961 "tumbar la revolución", con el desembarco en la Bahía Cochinos, eran entrenados y financiados por la agencia de información norteamericana. El día de Girón, el espíritu de Girón o, mejor aún, los nuevos Girón evocan, por lo demás, de manera constante, la hostilidad de los Estados Unidos, contra la cual hay que estar prevenido para defenderse, porque sus intenciones anexionistas contarían con intermediarios y prolongaciones en el seno de sectores cubanos antipopulares y reaccionarios. En esta óptica, la mitología revolucionaria se remonta una vez más a la génesis de la patria en el siglo XIX durante el cual se enfrentaron los separatistas o independentistas, los autonomistas y los anexionistas. En esta versión maniquea de la historia nacional, los primeros encarnaban el pueblo y eran los ancestros de los revolucionarios de 1959, y los autonomistas y anexionistas eran los poseedores de esclavos, indiferentes a la Patria, padres espirituales de las oligarquías republicanas y de la mafia terrorista de Miami.

No sólo el apetito de los norteamericanos por la Isla es percibido como una amenaza real, sino que la colaboración de los cubanos en esta empresa es considerada como una tendencia histórica, reforzada por el privilegio de los vencedores, de poder reescribir la Historia a su conveniencia. Entre 1959 y 1961, Fidel Castro rechaza hábilmente toda crítica del lado de las fuerzas (o del orden) del pasado, delimitando así el campo de los "revolucionarios" y el de los "contrarrevolucionarios". Igualmente, y aunque compuesta en lo esencial por individuos y organizaciones que habían combatido a Batista, a menudo en el seno mismo del Movimiento 26 de Julio, la oposición al giro totalitario comunista impulsado por Fidel Castro durante los primeros años de la Revolución, ha estado asociada a los batistianos, "contrarrevolucionarios" y testaferros de los norteamericanos. Los estrechos contactos que mantenían los disidentes y los funcionarios americanos, la entrada libre de la que gozaban en la Sección de Intereses Norteamericanos(6) (SINA) o su financiamiento comprobado por el "gobierno americano" remiten al imperialismo norteamericano, a su poder de perturbación y también a un enfrentamiento entre cubanos. En este sentido las expresiones "traición a la patria" o "conspiración al servicio de una potencia extranjera" no están desprovistas de pertinencia política y esto, incluso, teniendo en cuenta que su grandilocuencia es juzgada ridícula e incluso repugnante por la población.

La mafia terrorista de Miami, la dictadura mundial neofascista y el pueblo cubano como víctima

Finalmente, el tiempo largo de esta Historia, construida por el aparato de propaganda castrista, se cristaliza en los ataques dirigidos puntualmente contra el gobierno americano. Las mismas interpretaciones, las mismas proyecciones, se retractan en la actual declinación de la campaña contra el Imperio.

El año 2002 fue bautizado(7)"Año de los héroes prisioneros del Imperio", en homenaje a cinco espías cubanos de la red Avispa, juzgados y después condenados en los Estados Unidos. Infiltrados en los medios anticastristas de Florida, su misión había sido desactivar los proyectos terroristas de la "mafia terrorista de Miami" con el fin de proteger la patria y de servir a su causa. Desde la llegada de George W. Bush a la Casa Blanca, Fidel Castro denuncia las veleidades imperiales, nunca antes vistas, de una administración compuesta por republicanos de extrema derecha. Utilizando la guerra contra el terrorismo como pretexto, "el gobierno hitlero-fascista" de los Estados Unidos habría perpetrado una "genocidio" contra el pueblo afgano, antes de continuar con su objetivo de instaurar una "dictadura mundial" que haga posible su dominación. Después del "exterminio de los niños iraquíes" y del fin de la guerra unilateral, el líder Máximo advierte al mundo sobre los peligros reales de la "la política nazi del pequeño Bush y de su aliado Sharon". En referencia al Congreso para la defensa de la cultura, celebrado bajo las bombas en 1937, la Unión de escritores y artistas cubanos (UNEAC) creó un frente antifascista.

Sedimentado en la experiencia social revolucionaria, el tiempo largo de la historia de Cuba subtiende el sentido dado a los acontecimientos actuales. Los delitos cometidos por los mercenarios ya no pueden ser considerados en sus características particulares, cuando sólo importa la posición de víctima del pueblo cubano. A los ojos de una gran mayoría de la población, "la gente de los derechos humanos" no hace más que reivindicar, en nombre de todos, los espacios de libertad que el gobierno se niega a otorgar, e informar al mundo sobre las realidades de la vida cotidiana bajo la Revolución. Sin embargo los asuntos planteados por Fidel Castro son de mayor envergadura, ya que éste nunca ha dejado de afirmar que la independencia nacional, y los derechos otorgados a todos los ciudadanos, tienen un precio. La propaganda ha tenido éxito también en este aspecto al sembrar la confusión en lo que tiene que ver con el alcance exacto del movimiento disidente, en la medida en que ha remitido todo a la existencia de dos fuerzas antagónicas: el imperialismo que agrede y amenaza con sembrar el caos, y el pueblo que resiste y quiere defender lo que ha conquistado en arduas luchas.

La pérdida del sentido de los actos y de las palabras

La empresa de confusión que ha logrado, por decirlo así, hacer de la ola represiva un no-acontecimiento conlleva, por lo demás, muchas otras facetas. De entrada, la detención de los mercenarios logra dar un aspecto concreto a la recrudescencia de las tensiones aparecidas desde meses atrás. La intensificación de la propaganda logra encontrar una justificación lógica: la sociedad presentía que "algo se preparaba" y acontecimientos similares eran esperados; es más bien su no ocurrencia lo que habría sido recibido como incongruente. En segundo lugar, es precisamente en el tiempo largo de la experiencia revolucionaria que se arraiga la pérdida de sentido de los actos y de las palabras: se cohabita desde hace cerca de cincuenta años con el "traidor", el "apátrida", el "conspirador", el "gusano". Estos personajes reaparecen con tal recurrencia que ya no tienen ni cara, ni características propias. Estas calificaciones se reservan ciertamente para los que han desertado del país, para los que se han opuesto políticamente a la Revolución o han buscado su derrocamiento. Pero como la propaganda remite todo justamente a un solo aspecto: la defensa del edificio amenazado, toda infracción a las leyes abre una brecha en la cual el enemigo puede ser absorbido. Todo esto, agregado a los constantes giros de la línea política y, por consiguiente, a los cambios en la lista de lo que está permitido y de lo que no lo está, hace que el recurso al anatema haya recaido tanto sobre el traficante, como sobre el revendedor en el mercado negro, el poseedor de dólares, el fan de los Beatles, el homosexual, el perezoso e, incluso, sobre el jugador de ajedrez o de dominó, si apuestan dinero... ¿En qué medida estos mercenarios, traidores a la patria son diferentes de todos aquellos que habían sido revestidos con los mismos remoquetes sin que se recuerde precisamente cuál era el motivo? Más aún, ¿en qué medida el empleo de términos como "mercenarios" o "terroristas" para calificar oponentes pacifistas es recibido con estupor por una población que se ha acostumbrado desde hace mucho tiempo al uso sin reservas de palabras como "nazi", "fascista" o "genocida"? En último lugar, todo el mundo, en una escala o en otra, lucha en la adversidad, y soporta mal finalmente que la insistencia en el sufrimiento del otro eclipse o deslegitime el suyo.

¿POR QUÉ LA REPRESIÓN?

La represión, que ha golpeado al movimiento disidente, constituye un acontecimiento secundario, desprovisto de interés y de significación como consecuencia de las diferentes reformulaciónes de que ha sido objeto. La población, desde hace mucho tiempo, cansada de "la política", ha seguido por lo demás este nuevo episodio de una manera más bien distraída y resignada, ya que en su mayor parte se encuentra absorbida por la lucha.

La entrada en política de la disidencia

El movimiento de los Derechos Humanos y de la disidencia pacífica conoció sus primeros balbuceos en los años 1970 y 1980, antes de tomar vuelo en los años 1990, gracias a la caída del Muro de Berlín, a la crisis económica y a las contradicciones políticas nacidas del período especial. En un libro escrito en 19949(8), Ariel Hidalgo define a los "disidentes", por oposición a los actores armados determinados a derrumbar el régimen castrista por la fuerza, como los que privilegian la vía pacífica y utilizan la propia legalidad del sistema, a través de un plebiscito o de un diálogo nacional que no excluye a los representantes del gobierno". El autor agrega que los "castristas" los consideran como "contrarrevolucionarios", amparados en la enseña de los " Derechos Humanos"; y "muchos anticastristas exiliados" los ven como "castristas camuflados". Los primeros prisioneros políticos, puestos al abrigo de las miradas y en condiciones inhumanas en el Presidio Modelo (la penitenciaría de la Isla de la Juventud), tenían como única esperanza tener la posibilidad de informar al mundo exterior de su situación, para beneficiarse eventualmente de una movilización en su favor por parte de la opinión pública internacional o de los gobiernos extranjeros.

La formación del primer núcleo de militantes salidos de la "Microfacción"(9) había participado en el mismo combate: Ricardo Bofill y Marta Frayde crearon en 1976 el Comité Cubano Pro Derechos Humanos (CCPDH), y Ariel Hidalgo recuerda haber firmado conjuntamente con Bofill, por primera vez en 1983, una denuncia enviada desde el Combinado del Este en nombre del CCPDH10. En febrero de 1984 se crean dentro del Combinado la Asociación disidente de los artistas y escritores cubanos y la Junta de Autodefensa de los Religiosos perseguidos. "Por primera vez, recuerda Hidalgo, nos motivaron a contemplar la posibilidad de socavar la estructura totalitaria gracias a asociaciones de base que ganarían terreno poco a poco en la población, bajo la sombrilla protectora de las presiones internacionales. Esto significaría un paso más allá de la concepción de una simple autodefensa social, un frente común..."11.

Ahora bien, en octubre de 1987, el intelectual disidente Elizardo Sánchez Santacruz, quien se había integrado al CCPDH, es excluido del movimiento, acusado de delación y reprobado por su nueva tesis: "la reconciliación nacional". Funda entonces la Comisión cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional, en un momento en el que, el 20 de junio de 1988, se crea el Partido por los Derechos Humanos en Cuba, bajo la presidencia de Bofill. Por lo demás, las agudas tensiones entre la jerarquía eclesiástica y las corrientes laicas a la salida del Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC) de febrero de 1986, dieron como resultado la constitución de la Peña del Pensamiento Cubano, de donde surge el Movimiento Cristiano Liberación de Oswaldo Payá en 1989. En el momento de la visita de la Comisión de investigación de la ONU sobre la situación de los Derechos Humanos, el CCPDH y Payá, entre otros, logran entregar informes a los investigadores, lo que permite por primera vez en 1991 la condena de Cuba en la Comisión de Ginebra. En toda la Isla se forman grupúsculos -círculos, partidos, sindicatos, asambleas, directorios, comisiones- dispuestos a combatir el régimen y a organizar manifestaciones, reuniones, campañas de información y a producir declaraciones o enviar cartas a las autoridades. Pero de manera paralela a esta proliferación se refuerza la línea de división entre los partidarios de un diálogo incondicional con las autoridades, y los que rechazan cualquier forma de participación del gobierno en un proceso de cambio.

El imaginario de la intriga reaparece de manera frecuente, por ejemplo cuando Gustavo Arcos, convertido en Secretario General del Comité Cubano pro Derechos Humanos, después de la partida de Bofill para el exilio, llama a un diálogo incondicional entre todos los cubanos, y afirma que los "aspectos positivos" de la Revolución deben ser salvaguardados. Arcos pone en guardia contra el "comienzo de una tragedia" y sus seguidores reclaman el diálogo para "evitar el caos social en Cuba, con sus probables secuelas de sangre y de hambruna"(10). Armando Valladares, embajador de Estados Unidos en la Comisión de los Derechos Humanos de la ONU, acusa a Arcos de traición, retira su apoyo a la oposición interna e invoca "un plan al que no son extraños algunos dirigentes socialistas internacionales" para "garantizar al dictador su permanencia en el poder".

Durante los años 1990, el exilio reconoce poco a poco el rol prominente que corresponde a la disidencia interna en la búsqueda de una transición a la democracia. La tesis de la reconciliación logra congregar a la mayoría de los opositores de todas las procedencias en el estrecho de la Florida. Además, la Iglesia católica, apoyada por el Vaticano, interviene no solamente a través de sus episcopados y de sus arzobispos (cartas, declaraciones) sino también de manera indirecta a través de una importante cantidad de grupúsculos laicos. Más aún, el mensaje cristiano impregna la retórica disidente en su conjunto. Antes de la ola represiva de la primavera de 2003, Oswaldo Payá y el Movimiento Cristiano de liberación, jugaron un rol preponderante en el seno de la disidencia. Payá, en julio de 1992, envió a la Asamblea Nacional del poder popular un proyecto de transición a la democracia de 46 páginas y exigió, en virtud del artículo 62 de la Constitución en vigor, su sometimiento a un referéndum popular. La oposición ha encontrado hoy en día un terreno de entendimiento jugando la estrategia del consensual Proyecto Varela.

El régimen castrista, preocupado por mostrarse defensor del Estado de derecho, ha convertido en una cuestión de honor hacer del derecho positivo el fundamento y la referencia de su justicia: la policía y los tribunales motivan y justifican cada una de sus acciones en el marco de la ley. Apoyado en esta dimensión normativa, el Proyecto Varela propone un cambio con respeto a la ley: el artículo 88 de la constitución estipula que "la iniciativa de las leyes compete" (...) "a los ciudadanos" si se presenta ante la Asamblea Nacional del poder popular una proposición "de diez mil ciudadanos por lo menos que tengan la condición de electores". El proyecto no propone modificar la Constitución, sino exigir que las leyes respeten su espíritu y garanticen los derechos que ésta proclama. Bajo este título reclama la convocatoria de un referéndum alrededor de cinco proposiciones: establecer la libertad de asociación, de expresión y de prensa, amnistiar a los prisioneros políticos, crear el derecho a formar empresas privadas, determinar circunscripciones electorales diferenciadas (municipales, provinciales y nacionales) que elijan, en cada caso, asambleas correspondientes de candidatos nombrados únicamente con base en firmas de apoyo recolectadas entre los electores de la circunscripción y, finalmente, organizar elecciones generales entre 270 y 365 días después del referéndum.

La visita de Jimmy Carter a Cuba en mayo de 2002 había revelado al mundo la existencia del Proyecto Varela, presentado un año antes en la Asamblea Nacional del poder popular, apoyado por 11.020 firmas. Desde junio, Fidel Castro había organizado una reforma de la Constitución, "emanada" de la Asamblea Nacional del poder popular, que proclamaba el carácter socialista "irrevocable" del Estado. Adoptada por unanimidad por los diputados a través de un voto oral individual, y por cerca de 9 millones de ciudadanos que habían sido invitados a inscribir sus apellidos, nombres y número del documento de identidad en el registro del Comité de Defensa de la Revolución al que pertenecieran, esta reforma logra básicamente barrer con la legitimidad de un referendo. Sin embargo en todos los lugares de la Isla el proyecto ha seguido recogiendo firmas(11). Oswaldo Payá recibió en noviembre de 2002 del Parlamento Europeo el premio Sakharov de los Derechos Humanos. Más de la mitad de los opositores detenidos en marzo de 2003 son promotores del Proyecto Varela, lo que permite suponer que las autoridades cubanas han percibido este proyecto como una amenaza real.

Hostigamiento, descrédito y control de los disidentes

Sin embargo estas detenciones sólo constituyen un aspecto de una represión que no se limita al encarcelamiento o al internamiento, como su método exclusivo. "La" ola represiva de marzo de 2003 no es, por lo demás, la primera, y difiere solamente por su amplitud de las de septiembre de 1988, abril y agosto de 1989, octubre de 1991, diciembre de 1992, agosto de 1994 y otras más. Los disidentes han estado sometidos desde su "nacimiento" a un hostigamiento continuo y multiforme que lesiona considerablemente la propagación del movimiento. Los agentes de la seguridad del Estado amenazan permanentemente con represalias diversas, incluso sobre terceras personas, a los que participen en actos de oposición o se reúnan para intercambiar ideas "desviadas". Tanto unos como otros son detenidos, interrogados, liberados, intimidados... La represión se abate de la manera más arbitraria, hasta el punto de que ningún precedente ni ninguna regla se pueden establecer para anticipar cuál pueda ser la reacción de las autoridades. Nada permite saber si actuarán, si simularán un laisser-faire o la indiferencia. La seguridad del Estado termina así por debilitar la determinación, la lucidez y la eficacia de los oponentes y por socavar por el miedo y la incertidumbre, los impulsos de su acción y cada rincón de su universo. En la misma perspectiva, los rangos de la disidencia son desde su origen, y a imagen de los últimos acontecimientos(12), infiltrados por agentes de Fidel Castro. Sembrando la preocupación y la confusión, tratan socarronamente de neutralizar el movimiento del interior, multiplicando los puntos de conflicto y suministrando a las autoridades las informaciones que permitan controlar los grupos y los actos de oposición. Los encarcelamientos, el temor y el "descubrimiento" de los agentes infiltrados han terminado por vencer la resistencia de la mayoría de los disidentes, finalmente llevados por el descorazonamiento a aceptar las posibilidades que les ofrecen de dejar el país.

Lo esencial del trabajo de zapa efectuado por la Seguridad del Estado ha sido, por lo demás, controlar a los disidentes en el seno mismo de la sociedad revolucionaria. La existencia del Proyecto Varela o de los "periodistas independientes" sólo ha sido conocida por la inmensa mayoría de la población con ocasión de la ola represiva, de las explicaciones dadas por el ministro de Relaciones Extranjeras y por Fidel Castro en persona. Gracias al hecho de que las autoridades estan perfectamente informadas de las acciones de los oponentes, todas las reuniones son vigiladas de cerca por agentes camuflados desplegados en las calles vecinas, que impiden, llegado el caso, la formación de algún "evento" que llame la atención del vecindario. Si una manifestación o un acto público se planea, las Brigadas de respuesta rápida se movilizan: bajo la apariencia de simples ciudadanos, reprimen oportunamente y en nombre del pueblo toda movilización contra-revolucionaria. Los transeúntes sólo perciben entonces el comienzo y el final del tumulto. A finales de los años 1980 y a comienzos de los años 1990, el gobierno organizaba, incluso de manera regular, "actos de repudio" contra los principales disidentes (Sánchez, Arcos, Bofill, Cruz Varela, etc.), y movilizaba multitudes considerables frente a sus domicilios.

La comunicación entre los disidentes y el resto de la población no se establece, más aún cuando esta última, desde mucho tiempo atrás, ha integrado la represión en el corazón del contexto normativo cotidiano. Ocupados en resolver sus dificultades, los individuos se cuidan de "marcarse" ante el CDR, los vecinos o las autoridades, para no meterse en problemas políticos que son sinónimo de entrabamiento de la lucha. No es raro, con el fin de evitar cualquier tipo de confusión en el espíritu de los chivatones (13), que se evite el contacto con el que es conocido en el barrio como un "disidente". El control de los oponentes encuentra entonces una continuación en el control que ejercen sobre sí mismos los ciudadanos, al igual que la dimensión de la "intriga" juega allí también plenamente su rol de referente. La obsesión del control y de la información bien podría conducir a las autoridades a crear la "disidencia" con todos sus componentes. El "desvío" de los agentes de seguridad del Estado lo había sugerido muchas veces en el pasado, y había mantenido la confusión alrededor de estos opositores, ya desacreditados por la atracción que algunos de ellos tienen por la visa de entrada a los Estados Unidos. La población presta poca atención a estos individuos, cuyos verdaderos objetivos termina finalmente por ignorar, al igual que su verdadera identidad.

Los límites del mensaje disidente

Por último, ¿en qué medida el "mensaje" disidente puede encontrar un eco importante en la población, más allá del trabajo de información y de denuncia, en lo que tiene que ver con los abusos del poder castrista y con la manipulación de la actualidad y de la Historia? Los grupos de inspiración cristiana y la disidencia organizada alrededor de la temática de los Derechos Humanos son dos entidades distintas, pero su interpenetración tiene una gran incidencia. La jerarquía católica ha escogido desde hace mucho tiempo la conciliación con el régimen, a la manera de monseñor Carlos Manuel de Céspedes o del enviado del Vaticano en los años 1960 y 1970, monseñor Zacchi. El comunicado de la Conferencia Episcopal en 1969, después de largos años de silencio, condena el embargo americano pero no hace mención de las innumerables violaciones de los Derechos Humanos cometidas por el régimen. De la misma manera el comunicado final del Encuentro Nacional Eclesial Cubano (1986) vuelve sobre la actitud conciliatoria de la Iglesia frente al esclavismo, reconoce cierto número de méritos al gobierno en su lucha por la justicia y la igualdad, pero en ningún momento formula una crítica con respecto al régimen. La "base" experimenta una cierta amargura -las voces disidentes, incluso las menos atrevidas, entre las cuales se encuentra la de Oswaldo Payá, son ignoradas- y la autoridad moral de la Iglesia se ve afectada por este motivo. Sólo desde comienzos de los años 1990 las cartas y las pastorales se hacen más virulentas, pero sugieren a los creyentes distinguir bien entre religión y política.

Durante largo tiempo, el "discurso disidente", por su parte, se ha enfocado principalmente sobre las pequeñas renuncias, sobre los pequeños compromisos y sobre la propensión de unos y otros a jugar el juego del régimen, para obtener ventajas al fin de cuentas ínfimas. Muy a menudo, asumiendo una "tonalidad cristiana", ha denunciado la pérdida de los principios y de los valores morales, la dislocación de la familia y el abandono de sí en la lujuria (las relaciones sexuales y el alcoholismo compulsivos). La liviandad en lo cotidiano y la degradación del hombre serían, a este respecto, y de manera simultánea, un fruto del totalitarismo y el origen renovado de su poder. El "discurso disidente" se orienta de esta manera a la interpelación de la conciencia de los ciudadanos y pone el acento sobre su parte de responsabilidad en el mantenimiento en el poder de un régimen que no es, a pesar de todo, inquebrantable. Sin embargo, ¿cuál sería la pertinencia política de un discurso de esta naturaleza cuando sólo se distingue por la forma de la propaganda castrista? En efecto, esta última repite desde hace cincuenta años a la población que se debe sacrificar, enmendar su comportamiento y pensar en el peso que tienen sus faltas a las normas en los perjuicios que sufre la sociedad en su conjunto. Sin embargo, si el sentimiento de culpabilidad y la frágil estima de sí mismo son inherentes a la experiencia revolucionaria, como es posible que un discurso como el de los disidentes, a pesar de su gran justeza, pueda suscitar en los ciudadanos algo distinto al rechazo, la irritación y el escepticismo si también les dirige reproches, expresa una imagen negativa de sí mismos y encierra al individuo en su culpabilidad?

El atractivo que representa la Iglesia católica oculta por lo demás el alcance limitado de su mensaje, que proviene de su débil anclaje histórico en la sociedad cubana. La Iglesia ha representado en Cuba, sobre todo, la caución moral de los conquistadores y de la esclavitud, y el aura de que goza se inscribe, independientemente de sus valores, en su estatuto simbólico de alternativa a la ideología revolucionaria, el cual es alimentado a su vez, y principalmente, por la represión que ha golpeado a los religiosos durante la Revolución. Así, a pesar de la amplia difusión entre los cubanos de los adhesivos distribuidos con ocasión de la visita del Papa en enero de 1998, que representaban a Juan Pablo II como "mensajero de la verdad y de la esperanza", la escogencia de un "lenguaje disidente" con "acentos cristianos" parece poco adecuado. El campo léxical de la "reconciliación" y de la "maduración cívica" no se integra efectivamente con un sistema de referentes sociales, políticos e históricos marcados por la "lucha" y por la "defensa" ante las "conspiraciones" de los "poderosos".

La violencia ha permanecido en la memoria nacional como el medio privilegiado para llegar a la democracia y a la justicia social, en detrimento de los medios legales y de la institucionalización de los conflictos. Los disidentes proponen romper con esta tradición intolerante de lucha a muerte, de triunfo y de destrucción, pero dejan sin embargo de lado el origen mismo de la escogencia histórica de la violencia. La ausencia de credibilidad y de legitimidad del debate democrático, de los representantes encargados de ejercerlo y de las instituciones destinadas a orientarlo, se arraiga directamente en Cuba en la invalidez histórica de un sistema de esta naturaleza en tanto que garante del interés general y de la transparencia de la esfera pública. La desconfianza sigue viva con respecto a un régimen parlamentario, juzgado de manera muy natural como demasiado proclive a favorecer el "desvío de las aspiraciones populares", las "marañas" y la "corrupción". Más aún, el sentimiento de impotencia frente al poder absoluto de la élite castrista y a la continuidad inconmovible del régimen ha desviado de la "política" a la inmensa mayoría de los ciudadanos, ya que esta vana actividad no hace más que recordar, a quien se compromete con ella, el malestar y la servidumbre del pueblo cubano. La ruptura con la "lógica de la víctima", en la que Fidel Castro ha encerrado a la sociedad, implica un punto de encuentro con la "lógica de la reconciliación", y no se trata de una simple sustitución de la primera por la segunda. Ahora bien, incluso si bien esto es lo que parecen reconocer los "promotores" del Proyecto Varela, al escribir que "la reconciliación no debe ser decretada", o más aún, que "el pluralismo no se impone por decreto", el otro gran límite del discurso disidente proviene del hecho de que no logra tampoco, al mismo tiempo que habla el lenguaje de los Derechos Humanos y del pluralismo, desmarcarse del holismo sobre el cual se ha apoyado Fidel Castro para fundamentar su proyecto totalitario.

En efecto, los diferentes grupos disidentes rinden el mismo culto a la figura del héroe o del mártir, perpetúan a su manera el mismo mito trágico y grandilocuente de la Patria, y comparten a este respecto el mismo imaginario político que el régimen castrista. En un artículo difundido en septiembre de 2004 por Cubanet, titulado "José Martí, predestinado por el dolor", el periodista independiente Francisco Herrera del grupo Cubanacán Press escribe por ejemplo: "apenas a los 18 años, Martí experimenta su deber imperativo de sufrir por la patria"; después cita con admiración una frase del gran hombre: "sufrir es más que gozar: es vivir verdaderamente". Ahora bien, también en este aspecto, los cubanos permanecen indiferentes a esta fraseología, cuya grandilocuencia no tiene nada que envidiar al discurso oficial. Como aspirantes a la "felicidad privada" y al consumo, poco perciben la manera como una mística de esta naturaleza podría atentar contra el edificio castrista. Además, esta llamada al heroísmo se engloba en el discurso de la "reconciliación", lo que hace ambivalente el mensaje disidente.

Es necesario a este respecto recordar que los primeros llamados a la "reconciliación" lanzados por las "figuras de la disidencia" eran presentados como una toma de conciencia frente a un peligro inminente: la aparición de enfrentamientos violentos susceptibles de degenerar en una "tragedia cubana". En este sentido, el discurso disidente no se aleja mucho de un fantasma de la homogeneidad anclada en el corazón de la cultura política cubana. Por una parte, la acción política o el combate por la libertad sólo pueden ser emprendidos en nombre y en beneficio del Uno, del Todo social, entidades ficticias como son la Nación o la Patria. De esta manera, el sentido y el reconocimiento otorgados a la acción política individual se encuentran inscritos en el sacrificio desinteresado, en el gesto heroico, en el suicidio por honor, es decir, en el estatuto de mártir o en el de Salvador. Por otra parte, los conflictos que atraviesan lo social y lo convierten en un lugar de división han sido interpretados a menudo como una amenaza que conduce al caos. Ciertamente, Fidel Castro ha dejado entender claramente, en numerosas ocasiones, que la destrucción de la Isla sería preferible a "la derrota de la revolución", y los oponentes de su régimen se comportan de manera responsable cuando tratan de evitar un baño de sangre. ¿Pero cómo discernir, en la postura de la "reconciliación", la parte que corresponde a la sabiduría política, de la que expresa y, como estaríamos tentados a decir, traiciona la visión de un futuro régimen político limitado en el mejor de los casos a una "democracia del consenso"?

En 1895, la muerte de José Martí en el combate tenía todas las características de una inmolación; en 1951, el suicidio en directo, durante una emisión de radio, del candidato del Partido Ortodoxo a las elecciones presidenciales de 1952, Eduardo Chibás, era un llamado al civismo; los caudillos que han surgido durante y después de las guerras de independencia eran vistos cómo instrumentos de la Providencia. Actualmente, algunas figuras de la disidencia parecen convencidas de su rol providencial, lo que las dispensa muchas veces de rendir cuentas a sus tropas.

Eloy Gutiérrez Menoyo, oponente en el exilio en Miami desde hace cerca de veinte años, detenido en 1960 y prisionero político del régimen castrista hasta comienzos de los años 1980, ha decidido por ejemplo, durante una visita familiar en el verano de 2003, permanecer en Cuba para establecer un diálogo con el régimen. En una carta enviada a su mujer desde la prisión, difundida por Cubanet en mayo de 2004, Manuel Vázquez Portal escribía, por su parte, que "el destino de su país y de su pueblo se le había convertido en una obsesión" y que se representaba su alma como la de un "carretero atascado que aguijonea sus bueyes". Que decir, por lo demás, de ciertas proposiciones incluidas en el "diálogo nacional" lanzado a comienzos del año 2005 por Oswaldo Payá y el Movimiento Cristiano Liberación, como es el caso de la creación de una "comisión de reconciliación nacional para coordinar el reencuentro deseado del exilio con los cubanos que vivimos en la Isla"? De la misma manera que Fidel Castro y los revolucionarios "guían" y "conducen el pueblo", esta proposición o las expresiones de Vázquez Portal sugieren que lo social "entregado a sí mismo" no tiene posibilidad de organizarse, de gobernarse, de fundar un régimen justo. También las rivalidades entre formaciones disidentes deben ser entendidas como una pretensión de cada una de ellas de encarnar el Todo, de laborar legítimamente por una homogeneización. Varela, Luz y Caballero, Martí, para sólo citar algunos de ellos, insistieron siempre en la unión o en la homogeneidad necesarias para la realización del destino nacional o del proyecto independentista, y pensaron, en la misma dirección que lo han hecho posteriormente los intelectuales de la República, que la búsqueda de ese destino debe ser conducida por una élite capaz e ilustrada. Fidel Castro ha extraído de allí la savia de su régimen totalitario. El proyecto disidente labora por un "retorno del sentido de lo posible"12, pero perpetúa al mismo tiempo algunas de las caras del imaginario de esta cultura política y, en este sentido, deja planear la duda sobre su espíritu democrático.

Terror y administración del poder por la vía de la arbitrariedad

¿Han tenido los disidentes la capacidad de congregar un movimiento de oposición? Ciertamente, el Proyecto Varela ha desplazado el tono moralizador y la invocación al heroísmo, ha organizado su discurso en torno a la sed de libertad por parte de la población y ha hecho posible la entrada de la disidencia en una dimensión resueltamente estratégica y política. Pero la brutalidad radical con la que se ha desplegado la represión no tiene relación con la "apertura" o con la evolución del movimiento y la amenaza real que los disidentes representan. En lo fundamental, la ola represiva de la primavera de 2003 no tiene ni causa ni motivo, de la misma manera como el terror que desde 1959 ha golpeado aquí y allá sin discernimiento, no ha tenido necesidad de oponentes para ejercerse. La voluntad revolucionaria del líder, su creencia en la posibilidad de remodelar enteramente la realidad, pero, igualmente, las restricciones pragmáticas que ha aceptado imponerse en algunas ocasiones, subtienden la movilización permanente de los individuos y de los sectores sociales y pueden crear una situación de dominación extrema. La ideología castrista hace de la marcha de la independencia y de la igualdad una necesidad histórica encarnada en la persona del líder. Pero como la lógica de la idea está sometida, por una parte, a la exégesis de Fidel Castro, y por otra, está sujeta a los azares, pero conservando su carácter de principio, surge de allí una línea política incierta. A este respecto todos son susceptibles de ser víctimas del terror, independientemente de sus acciones o de sus pensamientos, los cuales, si tenemos en cuenta el carácter fluctúante de la línea, solo pueden ser considerados en su ambivalencia. Más aún, lo inverosímil de las leyes, la irracionalidad de las normas de trabajo y de producción, la imposibilidad de satisfacer literalmente todas las reglamentaciones relativas a la vivienda, los transportes, la recreación y demás, la insuficiencia de los ingresos y de los servicios "ofrecidos por el Estado", obligan a una violación sistemática de la legalidad socialista. De esta manera, como lo señala Claude Lefort apoyándose sobre los análisis de Gérard Duchêne, esta "conjunción de la ley y del poder social" tiene por consecuencia "convertir objetivamente a todo ciudadano en un culpable potencial"13, 14.

Este desdibujamiento de la frontera entre culpable e inocente, tan típico del totalitarismo, trasforma una ausencia de represión en laisser-faire por parte de las autoridades. Los individuos quedan sometidos de esta manera a una dominación tan total como la de los años 1960, los cuales permanecen en la memoria colectiva como los más terribles. En estas condiciones, al permitir la permanencia de las distancias, sin por lo demás tener otra escogencia, entre la legalidad socialista, la ley de la idea, la ley del movimiento y las prácticas cotidianas, cada uno se convierte en un objetivo potencial de la represión, no tanto en el instante mismo sino en la larga duración. La inevitable transgresión de las normas se inscribe en referencia a un terror implacable, hasta tal punto que ya nadie sabe realmente a que se expone. La perennidad de las distancias, siempre presentes, y en las que todos se ven comprometidos, hace que todos estén sometidos a la arbitrariedad: la sanción puede aplicarse y la represión golpea a todo el mundo, pero sin que se pueda saber en qué momento, en qué medida, ni contra qué grupo o individuo. También la ola represiva de la primavera de 2003 es sobre todo la expresión de la naturaleza del régimen castrista, de su administración del poder por la vía de la arbitrariedad, más que una forma de asumir el proceso de "liberación del miedo", que según Oswaldo Payá caracteriza a la sociedad cubana de hoy en día.

LA LIBERACIÓN DEL MIEDO: ¿UN NUEVO CONTEXTO?

La "liberación del miedo" de la que habla el promotor del proyecto Varela, parecería evocar un cambio de contexto. Desde hace quince años, las manifestaciones de exasperación y las críticas en todos los sentidos, expresadas en otras épocas en voz baja en el confinamiento del núcleo familiar, han invadido las paradas de las "guaguas", los almacenes del Estado, incluso las reuniones de los CDR y las "asambleas de rendición de cuentas"(14). En el campo de las artes y de la cultura, en el ámbito de las opciones vestimentarias y de los modos de consumo, vastos sectores sociales exhiben un eclecticismo que les habría valido un linchamiento social o la prisión, hace sólo quince años. El aumento de los efectivos de la disidencia, difícil de evaluar por lo demás, se inscribe también en la misma dinámica. Un contexto, sin embargo, es según Daniel Pécaut la combinación de "tres cosas a la vez": "un conjunto de circunstancias que favorecen o no la posibilidad de ciertas acciones", "un campo que resulta de esas mismas acciones que, al combinarse, conducen a hacer aparecer nuevos lugares de tensión e inestabilidad", "la rivalidad entre los actores por imponer un sentido" que es el que "estará presente como contexto"15.

La conformidad estratégica "pa' seguir pa'lante".

El "miedo" está anclado en el corazón de los dos principios de orden, inmediatos, que permiten mantener una legibilidad social a partir de la experiencia individual de la vida colectiva. En lo fundamental, los individuos y los grupos sociales apoyan la norma pero sin aplicarla para poder recibir ventajas y "seguir adelante". La sociedad cubana, lejos de no ofrecer ninguna perspectiva, atrapa a sus ciudadanos en una esperanza ("sobrevivir", mejorar su situación financiera o abandonar el país), que es consubstancial a un freno de la crítica del orden castrista. La crisis económica hace atractivos los empleos en los sectores "dolarizados" de la economía, en el primer lugar de los cuales se encuentran las corporaciones (sociedades de capital enteramente extranjero o en join venture con el Estado cubano) y el turismo: los salarios son más elevados en estos sectores y son pagados en parte en dólares; las ventajas son obviamente más significativas y los arreglos internos más lucrativos; igualmente son múltiples las comisiones de intermediación entre los turistas y los agentes de la economía ilegal. Los empleos del sector "moneda nacional" pueden también ofrecer interesantes oportunidades para robos, desvíos (materiales de construcción, industria alimenticia...) e, igualmente, allí se pueden obtener algunas precarias ventajas sociales o favores burocráticos gracias al "centro de trabajo" o a las organizaciones de masa (televisores "Panda" a bajo precio fueron asignados a todo lo largo del año 2002 a los que habían hecho más méritos). Ahora bien, postularse para un empleo, obtener una licencia que autorice una actividad "por cuenta propia" o solicitar los servicios de la administración exige que la "cualidad revolucionaria" del candidato sea testificada por los informes de las organizaciones de masa. En los CDR (Planilla de comprobación CDR), en los centros de trabajo (Expediente laboral) o en el sitio de escolarización (Expediente acumulativo del escolar), los encargados mantienen carpetas individuales donde se consignan los "méritos" y los "deméritos" de cada uno: asiduidad a los "programas de la revolución" (marchas, desfiles, tribunas abiertas, trabajo voluntario, guardias, campañas de prevención diversas, voto en las elecciones), cualidades morales (relaciones con los vecinos, comportamiento sexual, consumo de drogas o de alcohol...), actitudes con respecto a la revolución y a sus dirigentes. La carta de invitación(15) para un país extranjero sólo es autorizada por las autoridades si el candidato satisface las normas de comportamiento revolucionario. Finalmente, una demanda de visa en la Sección de Intereses americanos está condicionada a la certificación de una presencia familiar en los Estados Unidos, una experiencia profesional de tres años en la economía oficial cubana y la ausencia de antecedentes judiciales(16).

Si bien la generalización de la violación de la legalidad socialista ha instaurado una "normalidad" en los diferentes niveles del espacio social, el miedo y la incertidumbre alrededor de la aplicación de las sanciones previstas por la ley ha definido un segundo principio de orden. La arbitrariedad de la represión puede ser reducida si se logran manipular sus deficiencias y, más aún, si se hace el esfuerzo por contrabalancearlas satisfaciendo las normas de comportamiento público y las normas de adhesión a los valores revolucionarios. De esta manera, se piensa, el tácito laisser-faire se puede perpetuar, al igual que se pueden dulcificar las sanciones en caso de "explote" (problema con la justicia). Incluso, si bien nadie vive de su salario o de su actividad oficial, y raros son los que todavía responden a los criterios de mérito puestos de relieve por los dirigentes, la ficción estructurante se mantiene alrededor de los mecanismos institucionales de la sociedad revolucionaria. La "ley de peligrosidad" estipula que los individuos "perezosos" representan un peligro para la Revolución y no contribuyen al desarrollo de los fines de la sociedad comunista. Bajo este rótulo, pueden ser internados en los campos o encarcelados; trabajar o estudiar, incluso de forma ficticia, permite protegerse.

Finalmente, los "luchadores" buscan enmendar su "pecado", reforzando permanentemente su capital político. Responden presente en las movilizaciones organizadas por las autoridades y se abstienen de cualquier crítica política frente a interlocutores que no gocen de su entera confianza. Más exactamente, dirigen sus críticas contra ciertos funcionarios en particular o contra la ética deficiente de sus compatriotas, pero nunca ponen en cuestión el fundamento del proceso revolucionario, la visión de los dirigentes o la necesidad absoluta de defender la patria. En esta lógica, la utilización funcional de los espacios públicos por la población ha hecho de estos más que nunca espacios de competencia por la conformidad. El "temor" se encuentra así integrado en el corazón de la estrategia de la conformidad, la cual subtiende por sí misma la esperanza de la movilidad social y geográfica, que constituye una de las lógicas esenciales de la experiencia social del período especial. "Liberarse del miedo" consistiría de esta manera en salir de un círculo vicioso que mezcla inextricablemente un funcionamiento social en situación de riesgo y de transgresión, y un modelo de ascenso social sin alternativa. El camino en esta dirección poco ha sido seguido.

¿Mañana?

Finalmente, aunque la "liberación del miedo" remite en el escrito de Payá a la fe en Jesucristo, la metáfora adquiere todo su sentido si se entiende por "miedo" "ficción revolucionaria", "cultura política", "imaginario político", "fantasma de la unanimidad", "caos social" o "fin de la Historia".

Sumidos en la más grande confusión, todos los derechos de que gozan los cubanos en teoría, todos los valores de la sociedad y todas las opciones políticas que deben garantizarlos, han estado fagocitados por la versión castrista de la Historia. En otros términos, los individuos y los grupos experimentan las más grandes dificultades para distinguir entre Fidel Castro, la revolución, el socialismo, la Patria, la igualdad, la justicia, la seguridad... El manifiesto disidente "La Patria es de todos", remitido a las autoridades en 1997, denunciaba, entre otros aspectos, la confiscación de la Historia y de la Patria, establecía diferencias entre los elementos de los que se había apropiado Fidel Castro y mostraba el chantaje que se había ejercido sobre una población a la que se le había hecho creer que incluso su existencia estaba condicionada a la salvaguarda de la revolución a través de la obediencia absoluta a sus dirigentes. Pero a pesar del eco que esta temática tiene en el seno de la sociedad, el orden castrista sigue siendo tan coercitivo como aglutinador y el futuro está lleno de amenazas e interrogantes.

El naufragio del proyecto revolucionario, las "lesiones antropológicas"(17) dejadas por cincuenta años de régimen castrista, la percepción de un caos mundial desde Cuba, han favorecido un inmovilismo político del cual participan igualmente los componentes autoritarios, jerárquicos y antidemocráticos del imaginario político y social. Las perspectivas del futuro y las metas que se pretenden alcanzar con un cambio de régimen se han visto así sumergidas en la opacidad, porque la realidad social a partir de la cual podría surgir un proyecto nuevo se ha convertido ella misma, de manera gradual, en un universo de confusión extrema y de inseguridad. Para la población, el final de Barba(18) puede significar de nuevo la puesta en cuestión de la independencia nacional por los Estados Unidos, o el retorno de los exiliados de Miami, interesados en recuperar los bienes que les fueron confiscados y en liquidar los derechos sociales. En el universo mental del período revolucionario reciente, cada cual ha llegado casi "instintivamente" a temer que un enemigo proteiforme se apodere de la vida misma del "pueblo". Además, después del final de la guerra fría, el régimen ha ajustado su propaganda alrededor de la brecha que existe en el mundo entre ricos y pobres y, particularmente, ha insistido en los acontecimientos relacionados con los antiguos países comunistas y con América Latina. Vastos circuitos de corrupción, el poder de la mafia, el hundimiento económico y, sobre todo, la pobreza galopante, atribuidos al "apocalipsis neoliberal", han sido sistemáticamente puestos de relieve, hasta tal punto que para los extranjeros en visita o que residen en la Isla, las condiciones de posibilidad de una descripción del mundo exterior están limitadas por las temáticas de la propaganda gubernamental, lo que no hace más que alimentar las contradicciones, la confusión y en fin de cuentas la certidumbre, una vez más, de que la verdad se sitúa siempre en los registros de la intriga y del misterio.

Los cubanos viven ya la desilusión democrática sin haber vivido la democracia. ¿Esta última, se preguntan, tiene alguna cosa que prometer, distinta a la liberación de las fuerzas del caos que habrían sido contenidas hasta el presente por el gobierno revolucionario? En este período de opacidad resurge intensamente la concepción autoritaria que la sociedad cubana tiene de sí misma, al igual que las tensiones raciales, negadas durante cincuenta años, y los rencores insatisfechos de los individuos y las familias que han vivido en medio de las delaciones de origen incierto y han ahogado estrategicamente los conflictos, alimentando un fantasma del caos. Los diferentes grupos sociales se representan la sociedad cubana como una entidad mal unificada, amenazada por las veleidades hegemónicas de las que se acusan los unos a los otros, inapta para el civismo y, en todo caso, abocada a la imperiosa necesidad de confiarse a los hombres de buen sentido, capaces de contener el impulso autodestructivo de la Nación, para imponer el orden y la concertación.

Ahora más que nunca la pluralidad carece de legitimidad. Además la iniciativa individual en política no logra imponer lo bien fundado de su estatuto, ni liberarse de la lógica histórica según la cual sólo prima la salvación del grupo y la virtud de lo colectivo. Este límite se manifiesta en la imposibilidad de inventar una nueva ficción colectiva vinculada con un ideal político y unas referencias renovadas; y se traduce, sobre todo, en el abandono de la búsqueda de una solución colectiva frente a los desafíos del presente, de lo cual es un testimonio la opción individual, masiva y unívoca, de la salida.

La espera

Como consecuencia de la lucha por poner en alerta a la opinión mundial sobre el tema de las violaciones de los Derechos Humanos cometidos en Cuba, la oposición pacífica ha tenido éxito en crear una miríada de asociaciones, que trabajan en la búsqueda de una transición hacia un régimen democrático. A comienzos de los años 1960, la opinión mundial estaba poco dispuesta a escuchar los testimonios que no corroboraran el mito de los barbudos de la Sierra Maestra, que habían descendido de la montaña para traer la libertad a un pueblo sometido al imperialismo americano. La ola represiva de la primavera de 2003 representa la culminación de la lenta inversión de esta tendencia, y ha predispuesto a la opinión pública mundial a aceptar la verdad de los relatos apocalípticos provenientes de la Isla. ¿Esta nueva percepción del régimen cubano y de la disidencia puede tener una influencia sobre el contexto interior? ¿Los disidentes pueden llegar a instaurar una nueva lectura de lo real, organizada alrededor de la "liberación del miedo" y de la "agonía" del régimen castrista?

El régimen castrista, impulsado por la revolución democrática, se beneficiaba en 1959 de un apoyo social contundente. El viraje comunista de 1961 instauró un modo de integración y un sistema de referentes sociales y políticos, acompañado por unas normas y unos valores cuya efectividad tenía sentido para el conjunto de la sociedad, pero sin que necesariamente trajeran consigo la adhesión. Sin embargo, el régimen castrista ha dado muestras desde entonces de una plasticidad sin límites: espacios de protesta inoperantes y sin eficacia política han sido acondicionados; la salida del territorio, aunque sigue siendo prohibida en teoría, nunca ha sido imposible; el sistema económico y financiero, aún siendo irracional, y estando fundado en la proclama del dogma igualitario, ha asimilado modificaciones de todo tipo. Los apoyos exteriores del gobierno han reunido a merced de las épocas al Bloque del Este, a los países del Tercer Mundo, a la Unión Europea y, hoy en día, a Venezuela, a los regímenes populistas de América Latina y al movimiento anti-globalización. La marginalidad se ha convertido en la norma, sin que por ello constituya una amenaza para el orden público; y la ideología y la propaganda se han extendido, desplegado, ramificado al ritmo de unos acontecimientos cada vez más difíciles de aparecer como coherentes.

De la revolución triunfante de 1959 sólo queda un régimen odiado, en cuyo seno aparece una población agotada que ha perdido toda referencia con respecto a su sentido. No es, por lo demás, la detención de los disidentes lo que permite al gobierno revolucionario mantenerse en el poder, sino su dominación, extremadamente compleja, sobre la capacidad misma de los individuos de pensar, analizar, criticar y actuar. Porque en su extraordinaria plasticidad, lo que principalmente beneficia hoy en día al régimen castrista es, por una parte, la permanencia de una cultura y de un imaginario político antidemocrático y, por otra, la empresa de confusión y de oscurecimiento de las perspectivas que ha producido. El régimen controla, finalmente, un contexto, que resulta de su trabajo de destrucción del individuo, pero que al mismo tiempo lo perpetúa: una espera resignada en la que nadie sabe qué se puede esperar.


COMENTARIOS

1. Alfred Schutz define como "taken for granted" todo aquello de lo que tenemos una experiencia y que nos parece como "evidente de por sí"; el mundo de la vida de todos los días es aquella parte de la realidad "taken for granted".

2. Chisme, cotilleo, rumor.

3. A la escala de la cuadra, el Comité de defensa de la Revolución, que reagrupa a todos los residentes mayores de 14 años, se encarga de vigilar colectivamente el respeto de las leyes. Este rol recae más particularmente en el presidente, en el vicepresidente y en el "encargado de vigilancia". Creados en 1960 para contener a los "contrarrevolucionarios", 100.000 CDR controlan la sociedad, constituyen la correa de transmisión de las directivas revolucionarias y acumulan toda la información relativa a los individuos.

4. Al comienzo del período especial, el Plan Maceta fue creado con el objetivo de "desenmascarar" los "traficantes" y otros "estafadores" que se habían enriquecido "en detrimento" de la sociedad y de sus principios igualitarios. Por medio de vastos despliegues policiales, los macetas fueron detenidos, condenados en algunos casos a pena de prisión y confiscados sus bienes.

5. En 1968 apareció el eslogan "100 años de lucha" en paneles destinados a la propaganda, en los muros, en las calles, en los periódicos...

6. Dirigida entre 2003 y 2005 por James Cason.

7. En Cuba cada año lleva un nombre, generalmente asignado por Fidel Castro. 2003 por ejemplo, es el "año de los gloriosos aniversarios de Martí y del Moncada.".

8. Después de haber fundado con otros prisioneros el Comité Cubano Pro Derechos Humanos, Ariel Hidalgo sale del Combinado del Este en 1988 y es enviado de inmediato al exilio a Miami.

9. En 1968, la mayor parte de los miembros del Partido Comunista que provenían del antiguo partido comunista, Partido Socialista Popular (PSP), son excluidos y enviados a prisión por "diversionismo". En su informe "La situación de los Derechos Humanos en Cuba", enviada en 1983 al Secretario General de las Naciones Unidas, Bofill define la "Microfacción" como "un movimiento de pensadores disidentes".

10. Declaración del 15 de julio de 1991 de la Concertación pro-cambio pacífico, que comprende a Yndamiro Restano por el Movimiento Armonía, Juan Betancourt por el Partido pro-derechos humanos, Luis Alberto Pita por la Asociación de defensa de los derechos políticos y Jose Luis Pujol por el Proyecto apertura de la Isla.

11. Oswaldo Payá, promotor del Proyecto Varela, afirmó después de la ola de detenciones que el número de firmas había alcanzado las 40.000, pero no ha sido posible verificar esta cifra.

12. En la semana del 7 al 13 de abril de 2003, aparece una serie de artículos titulados "Los verdaderos rostros de la patria", consagrada a los agentes de la seguridad del Estado infiltrados en los rangos de la disidencia. El estilo exalta la emoción que experimentan las familias y los vecinos al descubrir que aquellos individuos, que ellos siempre habían tomados por traidores, eran de hecho héroes al servicio de la Revolución. Si bien ya nadie se engaña del melodrama revolucionario y de su cortejo de emociones y de lágrimas, el imaginario colectivo vive un nuevo episodio del gran espectáculo de una película de espionaje en en el que se encontraba sumergido desde 1959. Se asiste al epílogo de una farsa o de una pieza de teatro, durante la cual el espíritu picaresco y manipulador ha triunfado hasta la caricatura: el periodista octogenario Néstor Baguer trabaja en realidad para la seguridad del Estado desde 1960, Manuel David Orrio, principal organizador del "seminario de ética periodística" realizado en la residencia privada de James Cason el 14 de marzo es de hecho el agente Miguel, la principal colaboradora y secretaria personal de Martha Beatriz Roque Cabello, Aleída Godínez Soler, es también la agente Vilma. La duplicidad insospechada de los que se habían metido "en la piel de los mercenarios", los detalles sobre las modalidades de su reclutamiento por los disidentes y por la seguridad del Estado, así como el modus operandi de esta última, han llevado la excitación a su máxima expresión.

13. En el universo revolucionario, donde todos violan la legalidad socialista, el personaje más temido es el "chivato" (delator) cuyo rostro escapa siempre a las miradas. Su identidad y sus motivaciones son objeto de especulaciones muy complejas; de igual manera su presencia indiscernible constituye una referencia permanente en el espíritu da cada cual, ya que define los límites a los que están sometidas las prácticas de lucha y la libertad de palabra. El anonimato del chivato, que obliga a una apariencia de normalidad, de regulación y de autocontrol de los comportamientos, aparece en todo su simbolismo en la expresión "gallo tapado". Este último no debe despertar sospechas, a primera vista, de ser un delator o de pertenecer a los órganos de vigilancia. El "gallo tapado" disimula y se desempeña muy bien en su especialidad, como lo ilustra el empleo de la expresión que se aplica al juego en el combate de gallos, en las cartas, en el dominó o en otras apuestas... El "gallo tapado" finge ser un novicio o un jugador mediocre para estimular a los adversarios tentados por la codicia a apostar sumas desmesuradas o a disminuir su nivel de juego.

14. Las "asambleas de rendición de cuentas" reúnen cada año al delegado del poder popular y a los habitantes de la circunscripción municipal en la cual éste ha sido elegido. Es la oportunidad con que estos últimos cuentan para someter al delegado los problemas que siguen en suspenso, y exigir una solución. Desde las primeras asambleas desarrolladas en 1976 los problemas que aparecen, así como las promesas de los delegados, se organizan alrededor de los mismos temas: la penuria de los transportes, el deterioro de las viviendas, el estado de la vecindad, la falta de higiene, la insuficiencia y la débil calidad de los servicios prestados por las "empresas del Poder Popular" (alimentación sobre todo), etc.

15. Un extranjero puede invitar a un ciudadano cubano a su país -bajo reserva de que su embajada le otorgue la visa- y debe para eso dirigir una demanda a las autoridades cubanas y hacerse cargo de los diversos gastos, entre ellos la autorización de salida, la llamada "carta blanca".

16. Cuando se hace la entrevista al candidato por parte de la SINA, solamente las condenas por crímenes de sangre, violación, violencias, tráfico de drogas o trágico de personas son redhibitorias.

17. Fórmula prestada al arzobispo Pedro Meurice, "Presente y futuro de la Iglesia en Cuba", discurso pronunciado en la Universidad de Georgetown, Washington D.C. el 29 de mayo de 1999.

18. Los cubanos, cuando hacen referencia a Fidel Castro se frotan el mentón con los dedos pulgar e índice y hablan de Barba.


REFERENCIAS

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