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Identidad y colonialidad en los relatos de Alberto Alabí. Irene López*. Universidad Nacional de Salta

Identidad y colonialidad en los relatos de Alberto Alabí. Irene López*. Universidad Nacional de Salta

 

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Fecha de recepción: 24 de febrero de 2011

Fecha de aceptación: 3 de mayo de 2011

Fecha de modificación: 13 de mayo de 2011

RESUMEN

En este artículo proponemos un análisis de algunos relatos del escritor argentino Alberto Alabí desde la noción de colonialidad en sus tres dimensiones —del poder, del saber y del ser— y sus implicaciones en las formaciones identitarias. Consideramos que los conflictos que estos relatos textualizan nos permiten comprender algunas de las problemáticas sociales candentes en el espacio norteño, como la racialización de la diferencia y, consecuentemente, el color de piel, tanto en la subalternización de sujetos y prácticas como en la construcción de representaciones identitarias.

Palabras clave: literatura argentina, identidad, colonialidad, poder, representaciones.

 

Indentity and Coloniality in Alberto Alabí's Short Stories

ABSTRACT

In this paper we propose an analysis of short stories of an argentinean writter, Alberto Alabí, from the notion of coloniality of power, of knowledge and being and its implications for identity formations. We believe that the conflicts textualized in these short stories permit us to understand many of social problems in the north of Argentina, such as the role played by the racialization of difference and, consequently, the color of skin in the subalternization of subjects and practices as well as in construction of identity representations.

Key words: Argentinean literature, identity, coloniality, power, representations.

 

La identidad no es un concepto tan transparente o tan poco problemático como pensamos. A lo mejor,en lugar de pensar en identidad como un hecho ya consumado, al que las nuevas prácticas culturales representan, deberíamos pensar en la identidad como una producciónque nunca está completa, sino que siempre está en proceso y se constituye dentro de la representación, y no fuera de ella.

Stuart Hall

...la condición colonial consiste en negarle al colonizado su identidad como sujeto, en trozar todos los vínculos que le conferían esa identidad y en imponerle otros que lo disturban y desarticulan.

Antonio Cornejo Polar

 

En las últimas décadas, las problemáticas planteadas en torno a la cuestión de las identidades culturales han suscitado diversas reflexiones y posturas, desde aquellas que han concebido la identidad cultural como una “esencia”, hasta aquellas que niegan su existencia por tratarse de un concepto construido ideológicamente, al igual que el de “nación” y “nacionalidad”, aparentemente ya sin valor y en estado de disolución1. Resulta necesario, por lo tanto, reformular dichos conceptos a partir de lo que surge del análisis de prácticas culturales concretas, y contrastarlos con los sujetos y espacios representados en una determinada producción textual. Así, podremos concebir, tal como lo hace Stuart Hall, la identidad como una “producción” continua, nunca finalizada ni cerrada, y como un concepto móvil que no se encuentra preconstruido, sino que toma forma en las representaciones discursivas.

       En este trabajo proponemos un análisis de algunos relatos del escritor jujeño Alberto Alabí2 desde esa concepción de identidad y con una perspectiva que consideramos clave para abordar su producción: la noción de colonialidad en sus tres dimensiones —del poder, del saber y del ser— y sus implicancias en las formaciones identitarias en América Latina. De acuerdo con el sociólogo peruano Aníbal Quijano, la colonialidad puede entenderse como “...uno de los elementos constitutivos y específicos del patrón mundial de poder capitalista. Se funda en la imposición de una clasificación racial/étnica de la población del mundo como piedra angular de dicho patrón de poder, y opera en cada uno de los planos, ámbitos y dimensiones, materiales y subjetivas, de la existencia cotidiana y a escala social. Se origina y mundializa a partir de América” (Colonialidad del poder y clasificación” 93).

       Dentro de esta perspectiva, nos interesa vislumbrar cómo esa escritura construye representaciones de sujetos y espacios culturales, delineando de esa manera representaciones identitarias heterogéneas y en permanente conflicto, que ponen de manifiesto el funcionamiento de una situación de dominación y poder particular que hemos definido como colonialidad. Consideramos que desde esa particular forma como se estructuran las relaciones de poder, generando subordinación y subalternizaciones de distintos tipos, es también posible comprender los conflictos y tensiones presentes en las construcciones identitarias. En particular, nos interesa destacar entre esas formas de dominación la racialización de la diferencia y, consecuentemente, el papel del color de piel en la subalternización y la subvaloración de saberes y prácticas. Todo ello acompañado por la obsesión de llegar a “ser como” a través de procesos de blanqueamiento. Esto es lo que Quijano, Castro-Gómez, Mignolo, N. Maldonado-Torres y Palermo, entre muchos otros, han denominado ‘colonialidad del poder, del saber y del ser’.

       El corpus seleccionado está compuesto por “Bitácora del aire”, “El humo azul del rambler” y “Confección y pérdida de un amante”, pertenecientes a Bitácora del aire. En general, aunque con distintos matices, estos relatos sacan a la luz conflictivas y asimétricas relaciones de poder, es decir, relaciones basadas en el trato entre un “superior” y un “inferior”, en las que los resentimientos, venganzas, deseos ocultos y tabúes de una sociedad tradicional dan cuenta de subjetividades en tensión ante los modelos impuestos y entre ‘ser’ y ‘parecer’.

       En la escritura de Alabí se representan sujetos marginales en lucha consigo mismos y con aquellos que representan a otra clase, a otra procedencia y a otros orígenes culturales. Se delinean así sujetos antagónicos y contrapuestos: en “Bitácora del aire”, Hilarión Zapana, el “coya”, y un sujeto “extranjero”: primero un piloto norteamericano y luego un “inglés”, Francis Edington Cole; en “El humo azul del rambler”, la familia provinciana y de barrio de Nolasco Tabarcachi y la distinguida familia Sánchez de Anzorena; en “Confección y pérdida de un amante”, el “negro” Matorras y un sujeto anónimo que ha progresado gracias a su profesión de contador y a un casamiento ventajoso. Todos ellos intentan modificar una situación de vida, en particular la pobreza, pero también los mueve el deseo de borrar orígenes provinciales y humildes y, sobre todo, de borrar del cuerpo el estigma de ser “negro”.

       De esta manera, mediante la escritura se construye un peculiar mundo de provincia norteña, con un tipo de organización social signada por la colonialidad en sus formas de dominación y en el que las representaciones que los sujetos realizan de sí mismos y de los otros entran en conflicto. El juego de las miradas y las oposiciones negro/ rubio, “coya”/inglés, pobre/rico, provincia/nación, débil/poderoso, al reiterarse, van configurando ese particular mundo en el espacio textual. Y justamente a partir de estas dicotomías y de las marcas de enunciación, resulta posible construir aquellos “puntos inestables de identificación” (Hall, “Identidad cultural”) textualizados.

       La mirada de los otros juega un papel fundamental en las fluctuaciones entre ‘ser’ y ‘parecer’ y en el propósito de ocultar un sentimiento de vergüenza por los orígenes étnicos, culturales o de clase. Se establece así un juego de miradas, entre cómo veo al otro y cómo me veo a mí mismo. Precisamente en esta interacción conflictiva, todo grupo social construye simbólicamente la imagen que tiene de sí mismo y de los otros con los que está relacionado (Blaché 71). En ese sentido, resulta oportuno tener en cuenta que las identidades son un complejo, permanentemente inestable, en el que se ponen en juego al menos tres variables: “entre lo que los actores “son” como resultado de sus praxis, lo que “creen” que son, es decir, las representaciones que de sí mismos realizan, y lo que “les dicen que son” (Romero 68). En “Bitácora del aire”, el “coya” Zapana se mira a sí mismo a través de los ojos y la valoración que instaura la diferencia colonial. Es en la comparación con un piloto de avión exhibido en una foto publicitaria que surgen los rasgos que lo definen como distinto. El rubio norteamericano de la fotografía funciona como un modelo de felicidad y belleza que se debe imitar. Por eso, en la confrontación entre lo que esa foto muestra y la imagen que de sí mismo devuelve el espejo, Zapana “se sintió mal, se sintió terriblemente mal” (6), ya que los rasgos del otro generan un sentimiento de “carencia”. El “espejo” cumple por lo tanto una función especial en la comparación, ya que devuelve lo que ven los ojos del otro. “... Hilarión Zapana recién ahora se dio cuenta de la dimensión verdadera de sus pómulos inmensos, aceitados y negros; naturalmente comparó el grosor de su ñata redonda con las líneas angulosamente ascendentes del gringo de la foto. El mameluco con las iniciales de Altos Hornos Zapla le pareció grosero al lado del overoll antiflama del piloto pecoso en su avión ligeramente inclinado hacia atrás. Pensó que le hubiera gustado tener el mismo corte de cejas del rubio pecoso y no esas mechas duras y gruesas que le marcaban aún más los ojos negros de sapo pisado” (6). Simultáneamente, este “deseo de ser como” lleva a la imitación: “... se enderezó lentamente frente al espejo e imitó con la mano y la cara el gesto del piloto norteamericano. Le pareció que el de la foto sonreía aún más desde su avión” (6) (bastardillas fuera de texto).

       Esta necesidad de “imitar”, el sentimiento de carencia, el deseo de ser como ese patrón impuesto —de belleza, de ciencia y conocimiento, de rasgos físicos, etc.— surge precisamente del funcionamiento de la diferencia colonial, es decir, aquella que instauró el conquistador sobre el conquistado y dominado. La naturalización y autoconvencimiento de los sujetos de que esto es así y de la “superioridad” de la cultura occidental por sobre la propia lleva a actuar y pensar de esta manera. Así, Zapana no sólo siente la carencia de los rasgos físicos que distinguen al otro blanco —el inglés, el norteamericano— y el deseo de ser como ese “otro”, sino que también ocupa, en todo el texto, un lugar subalterno. Esto se manifiesta, por ejemplo, cuando Edington Cole, el inglés, acude por primera vez a la casa de Zapana. En principio, sus golpes en la puerta revelaban timidez, pero una vez dentro de la casa el inglés se comporta como “patrón”: inmediatamente después de presentarse, “Entró en la casa y pasó directamente al taller, caminaba como si siempre hubiese vivido allí” (10) y “Decía las cosas como si estuviera solo” (10). Tal superioridad se manifiesta, no sólo en el trato del inglés hacia Zapana, sino sobre todo en la confrontación entre sus modos de conocer y de actuar; entre la formación teórica y libresca de uno frente al conocimiento práctico del otro.

       Los juegos de miradas se dejan vislumbrar también en las focalizaciones de la voz narradora. El efecto causado por la irrupción del inglés es relatado desde el punto de vista de Zapana, quien al verlo “se quedó como empalado”. “Era casi la ilustración de una novela de Haggard. Un metro noventa de músculos ingleses embolsados en la pureza impecable de un traje de lino, botas crudas de polo lustradas hasta el espejo. Naturalmente bridges y casco de corcho (a lo guardia hindú) (...) giró sobre las botas y presentó una cara angulosamente sajona iluminada por la blancura inmaculada de la barba pera y de los pelos canosos. En toda la figura se distinguían solamente dos colores:blanco de los pelos y el traje y el azul agresivo de dos ojos que se escondían al fondo de una nariz de carancho” (9-10) (bastardillas fuera de texto). Pero también el inglés se compara con el otro, a tal punto que “Se sintió viejo y tuvo envidia de la energía que brotaba de los ojos negros y limpios del coyita de la casa con avión azul en la puerta extrañó la ingenuidad de Hilarión Zapana, su romanticismo silencioso, su aspecto de indio renegado y su amor sincero por los artefactos del aire” (19-20) (bastardillas fuera de texto).

       Es evidente que ambos se miran desde los estereotipos sociales. Sin embargo, luego de esta entrada triunfal, el narrador realiza una jugada irónica: el inglés se presenta como “Pancho Edintonio” y se produce así una incoherencia entre el nombre y la figura descrita. Indudablemente, el narrador enfrenta los estereotipos y se ríe de ambos, del inglés y del “coya”.

       Entre los rasgos que definen al inglés a partir de su primera aparición, destacan los colores (blanco y azul), y el hecho de ser “casi una ilustración”3. Es el prototipo del patrón y, tanto por su procedencia como por su atuendo “a lo guardia hindú”, del imperialismo. Esto se manifiesta también en la “distinción” de sus objetos personales4 y los conocimientos que lo definen como lector y “teórico” frente a los conocimientos más bien prácticos y autodidactas de Hilarión Zapana. Por otra parte, contrapuesta a la “inmaculada blancura” de Cole, Zapana está “animalizado” en las descripciones, e incluso su nombre tiene cierta semejanza fonética con “sapo”. A diferencia de los ojos claros del inglés, Zapana tiene ojos negros “de sapo pisado” (6). Las diferencias entre el inglés y Zapana no son sólo físicas, sino también culturales, y se manifiestan en el lenguaje, la vestimenta, el comportamiento y en la formación teórica de uno y práctica del otro. Esta oposición blanco/ negro se traduce simultáneamente en una distinción de clase e implica una relación de subalternización.

       Edington Cole, aunque verbalmente se ubique en la misma condición de Zapana afirmando “soy más coya que usted” (10), siempre conserva un lugar de poder. Zapana, por su parte, odia a los gringos y su primera reacción ante el inglés es de rechazo y reclamo. Sin embargo, a pesar de las diferencias y del recelo de uno hacia otro, a Zapana y al inglés los une un proyecto en común: bombardear con bosta la tradicional ciudad de San Salvador de Jujuy, o en palabras de Hilarión Zapana, “regar de mierda la ciudad burlona que siempre lo despreció” (18). Las razones de esta “venganza” adquieren en uno y otro diversos matices, aunque están unidas por un factor común: la discriminación, el sentimiento de “no pertenencia” a una sociedad que los señala como “diferentes”. Para ello unen fuerzas más allá de los prejuicios mutuos, intentando combinar los conocimientos teóricos del inglés con la experiencia práctica de Zapana. A raíz de esto el inglés modifica en parte la valoración de su compañero: “Cuando la bosta de cabra se prendió con una llama azul y pareja, Edington Cole, Francis Edington Cole, comenzó a respetar al negro Hilarión Zapana y modificó algunos conceptos que le merecían las razas no-sajonas. ... Siguió puntualmente las indicaciones de Zapana y por segunda vez en la noche modificó su opinión sobre los coyas” (24). Más allá de esta modificación en su valoración del otro, el inglés nunca aprende el nombre de Zapana y lo llama de distintas maneras: le da lo mismo llamarlo Cusi, Chanampa, Zumbaino, Tabarcachi, Churquina, pero siempre bajo la abarcadora categoría de “coya” y siempre lo trata como un patrón a su subordinado. Se trata entonces de gestos y actitudes que reproducen a escala individual un gesto colectivo: la homogeneización y la subestimación de otras culturas.

       Las diferencias y oposiciones entre el color de piel se manifiestan en todos los relatos del corpus. “El humo azul del rambler” escenifica el momento previo a una boda entre una joven rubia y distinguida de Buenos Aires y un muchacho jujeño, de barrio, pobre y moreno pero con un futuro prometedor económicamente gracias su profesión. En este relato la estrategia matrimonial constituye el medio apropiado para el ascenso social y para “blanquear” la familia y el barrio5. Nolasco Tabarcachi, que ante su novia y futura familia política se presentaba como Noli Tabar, “… siempre había querido sacarse el barrio del cuerpo y apostó a dos maniobras salvadoras: recibirse de algo y casarse con una ‘cogotuda’” (28)6.

       En este relato la tensión se textualiza entre el ala derecha y el ala izquierda de la iglesia donde se efectuará el casamiento entre Nolasco Tabarcachi y Julita Sánchez. En la derecha se encuentra la familia de la novia: “impecables”, distinguidos, bien vestidos; en la izquierda la familia del novio, “disfrazados” y “animalizados”.

       La voz narradora se ubica en distintos planos, describiendo y valorando lo observado en ambos lados de la iglesia, convertida en un “escenario” en el que será representada la historia, que todos de una u otra forma ayudaron a escribir: “Todos venían a reclamarle algo. Los malevos, una ración de reverencia por el adiestramiento en cortaplumas y gambeta; los vecinos reclamaban su granito por el enema, el manual de quinto o el traje de comunión prestados que cooperaron en la formación del hijo pródigo barrial” (28) (bastardillas fuera de texto).

       El mandato dado por la familia y el barrio, es decir, por su grupo social, era progresar, casarse ventajosamente y, de esta manera, salvarlos a todos: “Lo que más rabia le daba era que aquellos esperpentos sonrientes hubieran depositado en él sus esperanzas. Era el más blancón de la familia, el único con título, el que se codeaba con la crema, ‘la salvación de la estirpe’” (30).

       De esta manera el novio se configura como una especie de “chivo expiatorio” que carga con las culpas de todo un grupo social. Sigue ese mandato, pero ya al pie del altar siente que “está arrepentido” porque se da cuenta de que también él es víctima de desaires y desprecios por parte de ese grupo social al que aspira pertenecer. Este sujeto huye de sus orígenes, de la familia y del barrio porque desea diferenciarse de los suyos y pertenecer a una familia distinguida de Buenos Aires, pero finalmente realiza una huida inversa7: regresa a su familia y a su antigua novia, “Julita me mira pero yo estoy mirando al tío Alberto que acaba de entrar y me hace señas, entonces corro por el pasillo de la iglesia, tironeo la mano de Marta, la de las trenzas, y nos zambullimos en el Rambler del tío Alberto” (31).

       Esta pareja, la novia rubia y rica, el novio pobre y morocho pero inteligente y estudioso se reitera en “Confección y pérdida de un amante”, relato en primera persona de un sujeto que confiesa sus planes para quedarse con la fortuna de su esposa. A medida que explica su plan, se van manifestando igualmente sus resentimientos, rencores, vergüenzas, temores y sobre todo un enorme sentimiento de inferioridad. Este sujeto, igual que los protagonistas de los otros relatos analizados, es morocho, pobre y de barrio. Consiguió escalar posición social gracias a su inteligencia, su profesión de contador y al casamiento con la hija de una familia adinerada: “La plata que tengo no es heredada y tiene un directo vínculo con mi destreza para los números y mi facilidad de lengua. No es casual que la niña más rica, linda y fina de la ciudad se haya fijado en este negrito cualunque y sin apellido y sin figura(102) (bastardillas fuera de texto).

       Nuevamente la oposición del color de piel en blanco/negro se traduce en una diferencia cultural y de clase. El muchacho pobre es moreno y la niña rica es rubia. El rebuscado plan incluye a un antiguo adversario, ahora gerente de un banco, a quien se refiere en estos términos: “Negro trepador, vivía en el barrio enemigo. Negro de mierda, siempre nos ganaron al fútbol y la única vez que el corso de Gorriti repartió premios ganó la comparsa en la que el Negro era Shulka’” (102).

       Este fragmento muestra el funcionamiento de una constante reproducción de la violencia y de la discriminación. La opinión vertida sobre el adversario en realidad es lo que el narrador también piensa de sí mismo y de allí surge el resentimiento y la convicción de no merecer lo que ha obtenido. Hacia el final del relato, leemos “... (ahora me doy cuenta de que he construido este artefacto perverso por una cuestión de inseguridad, por la distancia entre el celeste y el marrón). Pero este domingo luminoso estoy feliz; el asado está perfecto y voy a servirlo ya sin esa sensación de resentimiento acumulado. Sirvo sin pensar que la familia me trata como a un mozo” (105). De esta manera, en todos los relatos, el cuerpo vivido como estigma —por ser negro, por ser coya, por ser de barrio— y el sentimiento de carencia mueven en los sujetos el deseo de “sacarse el barrio del cuerpo” (en “El humo azul del rambler”); vencer y expulsar del alma al “negro resentido” (en “Confección y pérdida de un amante”); y liberar la bronca acumulada durante años a través de la venganza aérea (en “Bitácora del aire”).

 

DIFERENCIA COLONIAL, SUBORDINACIÓN Y PODER

La configuración de estos sujetos antagónicos muestra no sólo las diferencias, sino también su casi imposible resolución. En ese continuo juego de poderes entre unos y otros se conforman puntos de identificación que, en general, manifiestan conflictos y tensiones con categorías impuestas. Teniendo en cuenta esto, quizás sea necesario determinar la función de ciertos modelos —de belleza, de felicidad, de conocimiento, etc.— para la construcción de identidades. Se trata siempre de modelos que enfatizan la figura de un “otro” al que se concibe como superior y en el que se proyectan los valores de felicidad, belleza y poder. Estos patrones funcionan como un espejo: el norteamericano sonriente de la publicidad, los porteños y rubios son modelos de belleza y felicidad a imitar, mientras que la distinción y el dinero de los Sánchez de Anzorena y los López Patterson8 son un deseo por alcanzar.

       Pero estos modelos entran en tensión y contradicción con las propias realidades y patrones culturales. ¿Cómo conciliar la sonrisa satisfecha del piloto de la foto con la angustia de Zapana por su despido en la fábrica y “su destino de coya resentido”? Las contradicciones entre los valores y prácticas impuestas y las propias necesidades y realidades concretas se manifiesta igualmente en la yuxtaposición de valores, que es otra característica de la sociedad textualizada en estos relatos: junto a la foto del norteamericano convive la foto del abuelo, del padre “disfrazado” de cacique de la comparsa Los Guerreros Hititas de Maimará9, y el almanaque regalado con la figura del astronauta del año 1969. La misma yuxtaposición que existe en la práctica religiosa de Hilarión Zapana que al rezar “licuaba el padrenuestro con invocaciones a la Pachamama” (23).

       Estas diferencias y heterogeneidades culturales provocan también desplazamientos de sentido, como ocurre en una ceremonia de iniciación en la que el inglés ordena a Zapana “Druida Duck”. Para el inglés la ceremonia, y la misma categoría asignada —el rango menor— reviste un significado distinto que para Zapana. Éste “por primera vez en su vida sintió la emoción de la solemnidad” (14), pero no entendió las palabras dichas en latín ni el significado de “druida”. El efecto irónico y paródico de la “ceremonia” se construye precisamente mediante la contradicción explícita entre el significado de duck (pato) y el de druida (sacerdote de los antiguos britanos y galos). Además, mediante ese sencillo acto el inglés hace uso de una estrategia de dominación: se inviste de la autoridad y el poder suficientes para conceder un rango determinado. Como observamos antes, en situaciones como éstas se determinan relaciones de poder basadas en el trato entre un superior y un inferior.

       Esta relación de poder se textualiza metafóricamente como miradas que perforan, por ejemplo, entre Zapana y un pájaro que será sacrificado en un ritual: “...clavó sus ojos en los ojos amarillos del pájaro asustado” (5); o entre el inglés y Zapana: “...y perforándole los ojos negros con sus cuchillos azules se presentó” (10). También se manifiesta por medio de comparaciones: mientras Zapana invoca con “monotonía de cura viejo”, todos los movimientos del inglés tienen “la solemnidad de un obispo viejo”. Entre otras muchas variables de dominación que se textualizan, en este caso la relación entre Zapana y el inglés se estratifica en cura/obispo.

       La voz narradora ironiza todas estas situaciones y logra así un efecto de sentido que provoca muchas veces risa. Pero esta risa es más bien crítica, pues se encamina a poner en evidencia las contradicciones sociales, la incoherencia de ciertas prácticas y de ciertos comportamientos, y a señalar la reproducción de la violencia, la discriminación y la dominación. Ante ellas los sujetos insertos en este espacio textual reaccionan de distintas maneras: desde la aceptación del mandato social hasta la rebelión o la venganza. Pero siempre desde situaciones conflictivas y arduos autocuestionamientos que evidencian las constantes batallas libradas en las subjetividades.

 

CONCLUSIONES

Las problemáticas que los relatos de Alberto Alabí ponen en escena nos permiten vislumbrar la manera como las subjetividades se configuran en contextos signados por la colonialidad en sus formas de dominación y organización social. Tal como tratamos de mostrar, la diferencia colonial genera numerosos conflictos por las tensiones que se producen entre los modelos impuestos y la situación concreta de los sujetos. En ese sentido, una especial significación adquiere la metáfora del espejo, pues estos sujetos reciben imágenes distorsionadas, figuras, patrones y modelos que no corresponden con sus realidades, deseos y necesidades, lo que provoca sentimientos de carencia, inferioridad y resentimiento, que conducen a una necesidad de imitación o a la reproducción constante de la discriminación y la violencia.

       El análisis de estos relatos permite entender algunas de las problemáticas sociales candentes en el espacio norteño. La distinción étnica-racial, tal como sostiene A. Quijano, no es un dato menor en estas configuraciones; por el contrario, se traduce, simultáneamente, en diferencia cultural y de clase y es precisamente esa distinción la que señala un ejercicio de poder —el trato de un superior a un subordinado— la distribución desigual de los saberes —la colonialidad del saber— y una condición de la existencia.

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*Candidata a doctora en Letras. Universidad Nacional de Córdoba. Becaria del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET).

1. En torno a las definiciones de identidad cultural existe numerosa y valiosa bibliografía. Citamos a modo de ejemplo algunas de ellas: Stuart. Hall, 1999, 2003 y 2010; Ricardo Kaliman y Diego Chein, 2006; Eduardo. Gruner, 2005; Leonor Arfuch, 2005; Zulma Palermo, 2005.

2. Alberto Alabí es un escritor nacido en 1959 en Jujuy, provincia del noroeste argentino. Entre sus obras se encuentran Bitácora del aire (1995), la novela Manual para ya no amar tanto la patria (2002) y el libro de cuentos Observatorio de traiciones y fugas (2006).
3. Estos rasgos van definiendo el carácter de “irrealidad”, “inmaterialidad” y (casi) “anacronismo” que sustenta la figura del inglés frente a la de Zapana. Se construye una oposición entre lo concreto y lo abstracto, lo material y lo incorpóreo, el pragmatismo y el idealismo, lo alto y lo bajo: Zapana representaría lo corporal bajo, lo concreto y lo pragmático, mientras que el inglés, el idealismo en la figura de Don Quijote, que es más bien “una ilustración”, una presencia fantasmal.
4. Se destacan, entre muchos otros, el pañuelo blanco inicialado, la tabaquera de plata, gemelos de oro con iniciales en relieve y una cadena de oro “bastante gruesa que sostenía un Ulises Nardin Locle en el bolsillo del chaleco”(11).
5. Este sería, en ese sentido, un sujeto opuesto al de “Bitácora...”, ya que Zapana sí reconoce su origen, aunque con cierto sentimiento de fatalidad y de inferioridad al definirse a sí mismo como “coya resentido”.

6. Estas maniobras son las mismas en el caso del sujeto (que, si bien enuncia en primera persona, significativamente no tiene nombre) de “Confección y pérdida de un amante”.
7. Esta “huida” significa una liberación. En cambio, el sujeto que se configura en “Confección y pérdida de un amante” queda atrapado en sus propias artimañas para desalojar de su mente “esa sensación de resentimiento acumulado”.
8. En “Bitácora del Aire”, “El humo azul del rambler” y “Confección y pérdida de un amante” respectivamente.

9. Existe una contradicción explícita en el traslado de sentido de “guerreros Hititas” a “Maimará” en el contexto del carnaval, ambos elementos procedentes de culturas distintas en el tiempo y en el espacio.

 

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Mario Barrero Fajardo
Editor

Margarita Pérez
Asistente editorial

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